Marx contraataca

Ha generado repercusiones un artículo de Lucien Sève publicado en Le Monde Diplomatique bajo el título que tomamos para esta nota: «Marx contraataca». Sève es probablemente el más importante filósofo marxista en la Francia de hoy, y tuvo intensa relación en el pasado con nuestro compatriota José Luis Massera. El artículo investiga el trasfondo de la crisis de EEUU que se extiende por el mundo, y lo hace a la luz del pensamiento de Marx, que en este cuadro «suscita un renovado interés».

Arranca con una definición terminante contra la teoría del fin de la historia y del dominio incompartido y eterno del capitalismo y su variante neoliberal, según la cual «la historia había terminado, el capitalismo constituía, para satisfacción general, la forma definitiva de la organización social, la victoria ideológica de la derecha se había consumado, sólo algunos incurables soñadores agitaban todavía la consigna de otro futuro posible». Responde: «El fabuloso sismo financiero de octubre 2008 barrió de un golpe esta construcción del espíritu».

Se pregunta luego de dónde proviene la amplitud de la crisis actual. Al respecto se mencionan algunas fallas del sistema reinante: la volatilidad de los productos financieros sofisticados, la impotencia del mercado de capitales a regularse por sí mismo, la endeble moral de los poseedores de fortunas. «Sin embargo ­objeta- la crisis inicial de las subprimes nació en verdad de la creciente insolvencia de familias norteamericanas por su endeudamiento en la condición de aspirantes a propietarios.

Lo que obliga a admitir al fin de cuentas que el drama de lo ‘virtual’ tiene sus raíces en lo ‘real’. Y lo ‘real’, en el caso, es el conjunto mundializado de las capacidades de compra de la población. Bajo el estallido de la burbuja especulativa formada por la hinchazón de las finanzas, existe un acaparamiento universal por parte del capital de la riqueza creada por el trabajo, y bajo esta distorsión, en la cual la parte correspondiente a los salarios cayó en 10 puntos, caída colosal, hay un cuarto de siglo de austeridad de los trabajadores en nombre del dogma neoliberal».

A esta altura entra a tallar Marx y su ley general de la acumulación capitalista. Allí donde las condiciones sociales de la producción son propiedad privada de la clase capitalista ­señala- «todos los medios que tienden a desarrollar la producción se revierten en medios de dominación y de explotación del productor», sacrificado al acaparamiento de la riqueza por los poseedores. «La acumulación de la riqueza en un polo» tiene por reverso necesario una «acumulación proporcional de la miseria» en el otro polo, de donde renacen inexorablemente las premisas de las crisis financieras y bancarias violentas. Esto lo dice Marx en El Capital y guarda relación directa con lo que acontece hoy.

La crisis estalló en la esfera del crédito pero su potencia devastadora se formó en la de la producción ­prosigue Sève en su análisis- con el reparto cada vez más desigual de los valores agregados entre trabajo y capital, un terremoto que no pudo impedir un sindicalismo de bajo nivel y que incluso fue acompañado por una izquierda socialdemócrata que trata a Marx como un perro muerto. Desde este ángulo se puede valorar el sentido de la «moralización del capital» o «regulación» de las finanzas pregonadas por políticos, financistas o ideólogos que ayer nomás fustigaban cualquier simple duda sobre el «todo liberal».

La consigna de «moralización del capital» merece un premio al humor negro, según Sève, y la preocupación ética es pura publicidad. Marx resolvía la cuestión en el prefacio de El Capital, en estos términos: «En esta obra, las figuras del capitalista y del terrateniente no aparecen pintadas, ni mucho menos, de color de rosa. Pero aquí sólo nos referimos a las personas en cuanto personificación de categorías económicas, como representantes de determinados intereses y relaciones de clase.

Quien como yo concibe el desarrollo de la formación económica de la sociedad como un proceso histórico-natural, no puede hacer al individuo responsable de la existencia de relaciones de que él es socialmente un producto». Por cierto, concluye Sève en este punto, no basta con repartir algunas reprimendas para «refundar» un sistema en el cual la ganancia sigue siendo la única razón de ser.

O sea que no se trata de la delincuencia de unos patronos deshonestos, de la inconciencia de intermediarios enloquecidos o incluso de la indecencia de los paracaídas dorados. Lo que el capitalismo tiene de indefendible en este aspecto, más allá de todo comportamiento individual, es su principio básico: la actividad humana que crea la riqueza tiene el estatuto de mercancía y por tanto no es tratada como un fin en sí, sino como simple medio. No es necesario haber leído a Kant para advertir que allí radica la amoralidad del sistema.

Hay más paño para cortar.

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