"¡Que se vayan los viejos!-II"

La política, como comportamiento humano que es, resulta de un conjunto de factores racionales e irracionales.-

Los ciudadanos aspiran a que los políticos, y consecuentemente los gobernantes, tengan honestidad, coraje, humildad, coherencia, seriedad ­ conocida como credibilidad-, inteligencia, austeridad republicana, prudencia, espíritu de sacrificio; en fin, no hay virtud que quede al margen de las expectativas. Sin incluir lo que Cervantes definiera como la mejor de las maestras, o sea la experiencia, aun cuando agregara socarronamente que por lo general llega tarde.

Nadie en este mundo reúne la totalidad de esos atributos. Al fin y al cabo, estamos gobernados por seres humanos y no por dioses. Y además, ninguno de estos rasgos son patrimonio exclusivo de determinada franja etaria ni reconocen límite de edad.

 

Algunos ejemplos.

En el peor momento de la 2da. Guerra mundial, la nación británica apeló a Churchill, quien se convirtió en su líder e inspirador para librar la guerra contra el nazismo, parte de ella en solitario.

Fue Konrad Adenauer quien, de los escombros materiales y morales del nazismo, rescató a un país y edificó los cimientos de la República Federal de Alemania, ejemplo hoy de una democracia moderna.

Cuando la Cuarta República Francesa se hundía en la ciénaga los franceses fueron a Colombey-des-Eglises a buscar a De Gaulle, quien instaló la Quinta República consagrada a partir del referéndum de 1958, vigente hasta hoy y a la cual ­dicho sea de paso- salvó cuando la sublevación de mayo de 1968.

En vísperas de la Guerra de Seis Días, Nasser anunció que llegó la hora de la destrucción de Israel. Parecía que el cielo se desplomaba sobre el Estado que ni siquiera había cumplido dos décadas desde que Ben Gurion proclamara su creación. Este se había retirado a un kibbutz en pleno desierto, poco después de su aplastante derrota electoral. Sin embargo, en aquella encrucijada existencial, el espectro político israelí, encabezado por el líder de la oposición, su archienemigo Menajem Beguin, acudió a él para que encabece un gobierno de unidad nacional (Ben Gurion no aceptó).

Reagan, a quien por estas latitudes era tildado de showman (según el historiador inglés Paul Johnson, continuando la mejor tradición de Mark Twain) o actor de segunda encaramado a la Presidencia de los Estados Unidos, fue factor decisivo en el colapso de la Unión Soviética que puso fin a la guerra fría sin derramar una gota de sangre.

Estos días, el Presidente electo Barack Obama recurrió al octogenario Paul Wolcker para asumir la conducción de la economía norteamericana en medio de una crisis sin precedentes en la historia del capitalismo.

Estos ejemplos, referidos a los tiempos modernos, incluso contemporáneos, fueron extraídos de países que hoy exhiben el más puro abolengo democrático. Es sabido que en las dictaduras la combinación del aparato propagandístico-represivo construye implacablemente la máquina de la autoperpetuación, y por ende un escenario de esa naturaleza nada aportaría a los efectos de estas reflexiones. Por lo mismo, se ha evitado recurrir a ejemplos de regímenes que, sin dejar de ser democráticos, no disimulan su vocación populista unida a un desprecio por las consecuencias legales de sus actos, todo lo cual interfiere con la rotación de los actores políticos.

Está en la esencia de la democracia que en política no deben haber proscripciones, incluidas las que se originan en la edad de sus protagonistas, sea por mucho o por poco. La edad, cualquiera que sea, no es patente de idoneidad ni garantía de eficacia. Lo último que nos falta es un enfrentamiento generacional, jóvenes contra no jóvenes o viceversa, basados en mitos como la inmadurez de los primeros o el recambio por razones generacionales de los segundos. Importa, en cambio, la acumulación de virtudes que permitan alimentar con razones fundadas las expectativas de la ciudadanía y para eso no hay edad.

De ahí en más, los espacios políticos están abiertos sabiendo, por supuesto, que en política nadie regala nada.

Mientras tanto, terminemos con aquello de «¡Que se vayan los viejos!» porque, como escribiera Chesterton, no hay que derribar una valla sin saber cómo la vamos a sustituir.

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