Candidaturas: hora de definiciones
Mañana comenzará a sesionar el congreso del Frente Amplio que más expectativas ha generado desde el surgimiento del conglomerado de izquierdas en 1971. Es que en él habrá de dirimirse el muy controvertido problema de la candidatura presidencial con que esa fuerza política comparecerá en los comicios de octubre del año próximo.
Mucho se ha avanzado en el camino del consenso y la unidad desde que se hicieron públicas las diferentes alternativas, las aspiraciones personales y las sugerencias al respecto. Tras unos primeros momentos de incertidumbre, de rumores, de declaraciones ambiguas, las dos figuras relevantes y más aptas para ser nominadas como candidatos exhibieron comportamientos unitarios que allanaron el camino hacia un entendimiento, al tiempo que aportaron la necesaria cuota de sensatez con lo que lograron aplacar en parte la ansiedad de que había sido presa la militancia frentista.
Luego de ese tiempo de posturas aparentemente irreductibles, la tensión fue disminuyendo gracias a la buena voluntad de muchos dirigentes que mostraron su disposición a ceder en sus exigencias y a aceptar sugerencias de otros sectores. Ese clima parece prevalecer en la interna frentista aun cuando todavía no se haya llegado a acuerdos firmes y definitivos. Es estos días previos al Congreso, se llevan a cabo febriles gestiones en pos de acordar sobre aspectos reglamentarios atinentes a la interpretación de la normativa interna referida al asunto de las candidaturas, y todo hace suponer que habrá de llegarse a acuerdos que permitan sortear las dificultades formales.
Muchas veces se ha dicho que los nombres (los hombres o mujeres que ocuparán los cargos) son algo secundario, puesto que lo que realmente importa en un partido de ideas de izquierda es el programa que habrá de aplicarse desde el gobierno; y los candidatos, por tanto, son un asunto menor a resolverse después de aprobar el programa. En parte ello es así, pero a nadie escapa la importancia de las figuras en todo régimen democrático a la hora de presentarse ante el electorado para reclamarle el voto.
En razón de ello, entendemos que el Frente Amplio debe escoger muy cuidadosamente a sus candidatos comunes (a la Presidencia y a la vicepresidencia) de modo de ofrecer al ciudadano una figura atractiva capaz de decidir al indeciso e incluso de captar al votante de otros partidos. Por más que la razón juegue en la opción del elector, es innegable que otros factores menos racionales y más emotivos tienen un papel relevante a la hora de elegir al presidente de la República; es preciso tener en cuenta que la psicología humana se compone, también, de elementos irracionales y caprichosos.
Todo eso deberán tener presente los congresistas (y los frentistas de a pie cuando concurran a las urnas en junio del año próximo). Se trata nada menos que de elegir al mejor candidato para volver a ganar en primera vuelta; se deben dejar de lado simpatías personales, y resolver con objetividad qué candidato está en mejores condiciones de disputar la elección a los partidos conservadores.
No estamos cuestionando la importancia del programa, pero en el caso del Frente Amplio, aquél es elaborado por una comisión y sometido a la aprobación de otro congreso, lo cual hace que, quienquiera sea el candidato, éste está mandatado a cumplir el programa. De donde se concluye que la elección del candidato no está en función del programa sino en razón de su capacidad de comunicación, de su credibilidad, de sus condiciones de liderazgo, de su poder de convicción, de su imagen ante el ciudadano medio, el integrante de esa «mayoría silenciosa» que inclina la balanza hacia uno u otro lado.
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