En recuerdo de Licho Silva

Una nota publicada el domingo 7 de diciembre nos recuerda que 30 años atrás moría en el exilio Luis Silva Rehermann, conocido por todos como Licho. Esa nota, firmada por su viuda, su hermano menor y sus cuatro hijos, avivó en mí un tropel de recuerdos, ya que estuve junto a él en el último tramo de su vida.

A fines de noviembre o principios de diciembre de 1978 habíamos participado en Moscú en una reunión del Comité Central del PCU, dirigido por Rodney Arismendi. Esa práctica se tornó habitual en los años de la dictadura, y contaba con la participación de camaradas de las distintas vertientes del exilio y de quienes luchaban en la clandestinidad dentro del país. La reunión se había efectuado en una «dacha» de las afueras de la ciudad. A Licho y a mí se nos encomendó la redacción del comunicado final, y a esos efectos nos trasladamos al pequeño hotel de Plotnikov Periulok, donde ocupamos habitaciones contiguas. A la hora de comenzar la redacción, a la mañana siguiente, Licho me dijo que no se sentía bien, le respondí que descansara tranquilo, yo me hacía cargo. Sabía que desde hacía muchos años venía luchando con entereza y gran fuerza de voluntad contra la leucemia que lo aquejaba, cumpliendo al pie de la letra una medicación estricta, y sin abandonar sus tareas. Esa noche me despierta la doctora, llamada de urgencia. Había problemas de idioma, me entendí con ella en francés. Se resuelve internar a Licho en el hospital, donde fallece a los pocos días. Sus restos son llevados a Praga, donde estaba trabajando. Es incinerado y la urna fue trasladada posteriormente por su familia a Montevideo, al panteón familiar en el Cementerio del Norte.

Las tareas de Licho en Praga se concentraban en ese período en la Revista Internacional, una publicación de los partidos comunistas y obreros en cuya redacción representaba al PC uruguayo. Alguna vez yo lo había visitado allí. Curiosamente, se había instalado en un antiguo y espacioso monasterio. Licho desplegaba allí su laboriosidad característica, al tiempo que mantenía una postura crítica sobre el contenido general de la publicación y sus insuficiencias en participar en el gran debate ideológico de la época. Más de una vez cambiamos ideas sobre ese tema, y sobre la necesidad de una auténtica expresión periodística internacional que reflejara el pensamiento de la izquierda en todas sus variantes. Esas conversaciones venían de lejos, ya que nos veíamos con frecuencia gracias a sus colaboraciones permanentes en El Popular, en que su pluma alimentaba una sección firmada dedicada particularmente a los temas de la educación, la cultura y la política, que trataba con profunda versación. A ello se sumaban los artículos sobre esos temas publicados en la revista Estudios, en la que como colaborador permanente abordaba también temas internacionales, de todo lo cual da fe la versión digital de la revista realizada por la Fundación Rodney Arismendi.

Esto requiere empezar por el principio. Licho pertenece a esa generación de intelectuales, escritores, docentes y periodistas de su entrañable Tacuarembó natal que se inclinaron hacia la izquierda y entregaron una notable contribución a las artes y las letras nacionales. Me vienen muchos nombres a la mente, no los menciono por temor a olvidar alguno, muchos los recordarán igual que yo. Incluso uno de los más notorios presenta estos días una síntesis de medio siglo de producción poética. En aquellos años de tremenda conmoción mundial Licho se afilió al PC, emigró luego a Montevideo, y en la época de la guerra colaboró con Diario Popular (creo).

A mediados de los años 50, tras haberse desempeñado como secretario de Eugenio Gómez se definió resueltamente por la renovación del Partido y las posiciones del XVI Congreso, y ahí comienza un prolongado período de dedicación primordial a las tareas de la docencia en la enseñanza secundaria y de militancia en sus organismos gremiales, pasando a integrar la dirección de la Federación de Profesores. Su actuación en estos ámbitos fue muy intensa y fecunda, no exenta de ribetes polémicos, siempre en defensa de los valores de la enseñanza pública. Sus familiares han querido resaltar particularmente este aspecto en la coyuntura actual.

Ellos nos dicen también que «hoy, en este proceso colectivo de construcción de la memoria de las luchas populares, sus familiares queremos recordarlo como un militante de la vida, como comunista y frenteamplista, como uno más de los uruguayos que no pudo regresar y murió dando lo mejor de sí mismo por la democracia y el socialismo». No puedo menos que acompañar esta expresión de labores y esperanzas, en la certeza de coincidir con los integrantes de esa generación que siguen vivos.

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