China, único futuro freno al imperio

Sarandy Cabrera

La asunción de la presidencia de los EEUU por parte de Bush mueve a algunas reflexiones. La primera de las cuales sería que el autoritarismo y la prepotencia imperiales se verán agravadas en el mundo. Ya han aparecido veladas o directas amenazas contra Irak, contra la ex Yugoslavia, etcétera, es decir contra todo aquel que pretenda hacer lo suyo, pensar por sí (con error o no) o poner en cuestión el bestial poder del imperio. Seguramente a los sirvientes europeos de los EEUU –Francia, Alemania, Italia y otros– la advertencia también los toca y todos ellos ya bajan la cabeza con el rabo entre las patas.

¿Quién se anima a desdecir o criticar al imperio hoy más decidido que nunca antes? Aunque no las hemos oído todavía, no faltarán las amenazas de intervención contra Venezuela, Colombia, Panamá y Cuba especialmente. Ya vendrá la excomunión de los herejes. Este es el panorama que nos toca vivir y sufrir hoy con el agravante de la servil docilidad acrítica de las clases políticas latinoamericanas y nacionales de que son ejemplo típico Jorge Batlle y Luis Alberto Lacalle y otras pretendidas figuras máximas de sus respectivos partidos (véase Sanguinetti, por ejemplo).

Pero convendría también analizar este omnímodo poder unipolar en una perspectiva de muchos años y entender, según nuestro enfoque, que en la existencia y desarrollo capitalista de China, radica el único futuro freno posible al imperio, aunque desde una perspectiva no revolucionaria sino imperial precisamente.

En 40 años la República Popular China –pese a que hoy el adjetivo «popular» es simplemente disparatado e irónico– cumplió la primera etapa de un vertiginoso proceso hacia el capitalismo desenfrenado, basado en el número más de mil veces millonario de su población y en la decisión implacable y sin escrúpulos de los grandes capitalistas surgidos de la clase burocrática y partidaria.

Fracasado el intento de Mao de detener la restauración capitalista mediante la Revolución Cultural, que los media se han ocupado de demonizar en su momento por el mundo entero, el poder total y real acabó cayendo en manos de los «seguidores del camino capitalista» (Deng Xiao-ping a la cabeza) como los definió lúcidamente Mao, el brillante líder chino.

La restauración capitalista –favorecida por la muerte de Mao– fue entonces rápida y eficaz, descargando los costos sociales sin piedad sobre aquel pueblo inmenso, secularmente explotado y sufrido. Y esa restauración implacable en sus fines, en la medida que todo capitalismo lo es en su ferocidad, se alcanzó con las mayores ganancias en el menor plazo. Ese es el proceso que luego se siguió cumpliendo en China y que resulta en un desarrollo económico y militar de enorme importancia.

Allí radicaría precisamente el origen de un futuro enfrentamiento entre los capitalismos de China y los EEUU. No olvidemos de paso que China es también potencia atómica cuyo real desarrollo se desconoce de una manera precisa pero cuya existencia está claramente probada.

Como bien sabemos por la historia, los capitalismos e imperios no pueden coexistir sin que uno de ellos prevalezca sobre el otro. Allí estaría la clave de un futuro enfrentamiento de China con los EEUU, llegado el punto crítico de las contradicciones entre ellos. Como es obvio se trata de plazos impredecibles.

Pero no olvidemos que desde sus orígenes, la vieja China fue un imperio dominante y central, un inmenso imperio central. De allí su verdadera denominación histórica, «Reino del Centro» y no «China«, que nada significa en chino, porque es una denominación extranjera y colonialista. El verdadero nombre de China no es sino «Zhong Kuo» es decir el «reino del centro» que antes dijimos. Ese nombre original antedicho indica claramente la historia y la vocación imperial de aquel país, cuyos satélites fueron y parecería que volverán a ser, los verdaderos integrantes de la periferia de China, penetrados culturalmente desde siempre, es decir, Japón, Corea, Vietnam, Filipinas, Mongolia, Tibet, Birmania, etcétera que aunque hoy parecen llevar a cabo sus propias historias particulares, se aparecen como potencialmente amenazadas por el futuro de la «gran potencia» económica y nuclear que es China capitalista, hoy tan ajena a la Gran Marcha de liberación y al sueño y empeños socialistas del pasado.

Ni qué decir que en ese posible proceso integrador se incluiría naturalmente a Taiwan, parte indisoluble de China continental. De todos modos debe quedar claro que no estamos hablando de procesos a corto plazo, sino de extensos plazos históricos.

La restauración capitalista en China le costó por lo menos medio siglo, hasta llegar a la etapa de desarrollo capitalista en que hoy se halla, una etapa de desarrollo sostenido y solidificación paralelos.

Agreguemos a todo esto el papel del llamado «capital humano» en China. Hoy sus más de 1.300 millones de seres componen una fuerza de infantería inigualable. Ya en la última posguerra, el general Montgomery, hace unos 50 años, sostenía que solo había un país imposible de invadir: China. Que lo diga el imperio japonés de su época de auge en el siglo que pasó.

O sea que China sigue consolidando su enorme poder económico y humano en un medio no ocupable militarmente y no atacable en forma nuclear, porque desde hace tiempo posee los medios de réplica inmediata con igual condición destructiva.

Pero en China, por razones históricas y culturales y por los seculares procesos vividos, nunca se piensa en los plazos breves o inmediatos; siempre se apunta a un lejano futuro, sin angustias ni exigencias perentorias. Así lo pudo ver el suscrito en sus años de permanencia en aquel país, ya fueran problemas menores o mayores, pero siempre encarados con una amplia perspectiva.

Por allí se suele decir que todos –sí, todos– los productos que consumimos son chinos. Acaba de destaparse el origen de conocidas marcas de cigarrillos falsos, producidos en China. Se dice que tales productos suelen tener la indicación «made in China» cuando realmente lo son. Pero a veces llevan una vaga etiqueta o una etiqueta falsificada, o bien no muestran indicación ninguna sobre su origen real. Se infiere entonces que en todos los casos se trata de productos hechos en China. Por eso el mundo va siendo invadido implacable y silenciosamente por este tipo de productos, por una producción garantizada mediante mano de obra miserablemente pagada, producida según las más inexorables pautas de la explotación capitalista.

Todo lleva a hacer pensar que en esas fuerzas, imbatibles por ahora, radica la futura condición de China como único freno del imperio de los EEUU. Pero de imperio a imperio.

Naturalmente, no podremos verlo, pero todo lleva a hacer pensar que se trata de una hipótesis verosímil. La historia, además, nos muestra que no hay imperio eterno. Las contradicciones y la dialéctica de los intereses siempre han estremecido y deslizado a los procesos que no son ni escolásticos ni estables ni metafísicos, sino cambiantes y contradictorios con una permanente tendencia al remplazo de situaciones.

Si hoy se ve como imposible frenar las bestialidades y arbitrariedades del imperio, el futuro parece presagiar otra cosa si somos lúcidos en las extrapolaciones. Un equilibrio entre imperios es imposible, la situación llevaría a la destrucción de uno u otro, o bien de ambos. Se dirá que todo esto es loca fantasía pero la historia nos seguirá enseñando a prever en lo posible la conducta de los hombres y de los conglomerados humanos, considerados dialécticamente.

* Escritor

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