Foro de Porto Alegre: el pensamiento único en jaque
Tal como se ha venido informando, desde el pasado jueves 25 se desarrolla en Porto Alegre el Foro Social Mundial, una suerte de contraforo del que tiene lugar concomitantemente en Davos, Suiza, donde se congrega la flor y nata del pensamiento único y de la globalización del capitalismo salvaje.
Más allá de las facetas anecdóticas de las que se informa en las páginas de Mundo de esta misma edición, la reunión de Porto Alegre tiene un profundo significado que apunta a denunciar, con lucidez y valentía, la escabrosa ideología rectora del neoliberalismo, responsable de la entronización del dios mercado y de las peores desigualdades en la distribución de la riqueza.
Es más que saludable que las voces contestatarias empiecen a hacerse oír como forma de informar a algunos –y recordarnos a otros– que no es cierto que la historia haya terminado. La ideología de lo posible, de la prudencia, del no se puede, del libre mercado, del economicismo a ultranza, ha encontrado un formidable contrincante en este foro rebelde capaz de aunar principios auténticamente socialistas y valores ecologistas.
El Foro de Porto Alegre está combatiendo ciertas premisas presentadas como verdades axiomáticas por los ideólogos de la barbarie, y destruyendo los sofismas de que se valen. Así José Lutzenberg, ex ministro brasileño de Medio Ambiente, desenmascara el absurdo de medir el desempeño económico solo por el resultado del producto bruto interno, «en que todo se suma y nada se descuenta». Con singular capacidad didáctica, señaló la paradoja de que «la caída de un avión representa crecimiento en lugar de pérdidas, ya que se pagan seguros y se compra una nueva aeronave», sin tener en cuenta en ese balance aséptico la destrucción del medio ambiente, ese ‘capital natural’ sin el cual es impensable cualquier desarrollo sostenible.
Sabemos, aunque bueno es recordarlo, que el crecimiento económico garantiza –por sí solo y como por arte de magia– el bienestar, la reducción de la pobreza y la justicia distributiva.
Se ha denunciado también la actual manipulación del mercado por parte de los poderes económicos –y políticos subordinados a ellos– que muestra total prescindencia de las necesidades de los pobres, que no representan demanda alguna. De la misma manera, se señala la falsedad de confundir ciencia y tecnología, cuando esta última es la política del uso de la primera con fines que muchas veces son espurios. Las verdaderas necesidades humanas son postergadas en aras del interés de los poderosos.
El Foro de Davos y el de Porto Alegre son pues dos mundos, dos visiones, dos concepciones antagónicas que abarcan todos los aspectos de la peripecia humana. En efecto, mientras en el foro contestatario se denuncian todos estos hechos, en el de Suiza sigue endiosándose el mercado y el sistema económico hoy en boga. Algunos se quejan de un exceso de ‘codicia’ de los empresarios, olvidando que una de las premisas del capitalismo es el afán de lucro como motor del crecimiento; y todos sabemos que la codicia es precisamente el afán excesivo de riquezas. ¿Cuál es el límite traspuesto el cual el ‘saludable’ afán de lucro se convierte en perniciosa codicia? ¿Es razonable suponer que en un sistema económico manejado por los poderosos estos podrán controlar su afán de lucro para no caer en la codicia?
El mercado no regula nada, sino que sirve para asegurar que los poderosos lo sean aun más. Y contra esta realidad es que se levantan las voces del Foro de Porto Alegre, rescatando las utopías que entre todos debemos construir.
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