DDHH para desaparecidos en dictadura
Dónde están ya no puede esperar.
Sesenta años de la Declaración Universal suenan vacíos de contenido si a más de treinta años del golpe de Estado, la sociedad uruguaya continúa desangrándose por no poder tener tumbas donde descansen los restos de sus mártires ideológicos.
Es una vergüenza histórica lo que se ha dado en llamar «omertá» o acuerdo de silencio para garantizar la impunidad entre los sanguinarios opresores de otrora. Complicidad por la cual no brindan datos ciertos para encontrar restos de compatriotas secuestrados y asesinados políticos durante el período cívico-militar. Muchos saben y no hablan para cuidar sus pellejos. Como si el círculo de todas formas no fuera cerrando cada vez más en torno a la verdad que por caminos tortuosos se abre paso inexorablemente hacia la Justicia. Harían mejor papel colaborando, se avisorarían rasgos de humanidad, incluso se les entendería ya que los familiares han expresado incontables veces no necesitar venganza. La nobleza de la entrega de sus seres queridos malogrados de forma infame no merece un odio profanador. Se buscan hechos. Indicios del paradero, qué hicieron, dónde los pusieron, en qué condiciones. Algo que permita vislumbrar una esperanza de reencuentro y un destello, aunque tímido, de reconciliación nacional entre la sociedad y las fuerzas en mala hora armadas para esto. Sin embargo, nos siguen condenando a andar a tientas con la capucha puesta entre los golpes. La cobardía hizo carne en los violadores de derechos humanos en Uruguay y nos mantienen socialmente heridos, aunque con esta actitud nunca tendrán paz.
El dolor de ir al Memorial otro 10 de diciembre sin avances en la batalla por saber el destino de las víctimas torturadas hasta la muerte y desaparecidas por la cruel dictadura nos pesa como ciudadanos. Igual estaremos allí y nos veremos las caras y nos las verán, y cuando no estén los de ahora, otros estarán para mantener viva la memoria. Siempre de guardia por la convicción inquebrantable de solidaridad que movió a nuestros héroes nunca olvidados y sacrificados por sus ideas de justicia social. Lucharemos por no dejarle a nuestros hijos un país fragmentado.
Los derechos humanos son facultades, prerrogativas y libertades fundamentales basadas en la dignidad de la persona que los posee por el mero hecho de serlo, sin los cuales no puede vivir como tal, reconocidos como garantías individuales y sociales. Sin ellos no es posible un desarrollo personal y colectivo en el que prevalezcan la libertad, el respeto al derecho del otro, la justicia, la equidad, la tolerancia.
Durante gran parte de estos sesenta años se gestaron, vivieron y dolieron por muchas décadas, feroces regímenes de facto practicantes de terrorismo estatal, menospreciando la declaración que hoy recordamos. Mientras continuemos sin saber dónde están, el «Con libertad no ofendo ni temo» seguirá siendo un paradigma artiguista a recitar en las escuelas y la democracia actual podrá ser tildada de rotosa.
Los versos de Fernando Cabrera nos cantan reflexión y nostalgia militante:
«Te abracé en la noche
era un abrazo de despedida
te ibas de mi vida
te atrapó la noche
la oscuridad traga y no convida
quedé a la deriva
tal vez fue un derroche
los sentimientos más bendecidos
flotan como idos
te besé en la noche
con aquel beso desconocido
que se fue contigo
te besé en la noche
con un sabor desaparecido
que se fue contigo…»
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