Con Cuqui, ni a misa

Leopoldo Amondarain

En todos los órdenes de la vida ya sea para hacer una revolución, un cambio o incluso hasta un golpe de Estado –acertado o no, con razón o sin ella– se debe tener por parte de los dirigentes correspondientes un elemento constitutivo natural y fundamental: redaños. Hay que tenerlos bien puestos y ajustarse a las consecuencias.

Los timoratos, dubitativos, blanditos y mojigatos, que yo sepa jamás llegaron a nada. Esto viene al caso por lo que acaba de pasar en el lacallismo. Todos lo sabíamos pues nos lo contaban ellos mismos: el desagrado, las discrepancias sustanciales, las protestas y el desacuerdo general con la dirigencia del doctor Lacalle de un importante grupo de legisladores y dirigentes de esa tendencia. Salió hasta en los diarios. Era inocultable. Se lo repitieron a quien lo quisiera oír. Y todos guardamos prudente silencio en la expectativa, como blancos, de que aunque ‘conservadores’ todos, se quebraba definitivamente el ‘poder’ interno del Cuqui. Todo esto habida cuenta de la necesidad que tiene el Partido Nacional de un imprescindible cambio en su cabeza más visible para enfrentar los comicios futuros.

Pero como dicen los botijas, «se fueron al amague». Se conformaron y hasta supongo se quisieron convencer de tirarle con las culpas a otros; que en parte es cierto. Volonté empezó ‘aprontando’ bien; pero se asoció –coalición mediante– con Sanguinetti, tradicional enemigo visceral del nacionalismo, y la colectividad no se lo perdonó. Por otra parte el doctor Ramírez, excelente abogado grado cinco en la Universidad, honesto y persona de bien, carecía de imagen política: no es caudillo ni político de ‘oficio’. Con ese panorama, al Cuqui –que es un profesional de la política y tenía y tiene recursos económicos cuantiosos– se le ‘hizo el campo orégano’ para sacar ventajas. Y estaba –es cierto a medias (no hay peor mentira que las medias verdades)– el argumento de que los blancos que no votaron a Lacalle (300 mil) se fueron del partido a otras tolderías; pero se fueron ante el convencimiento (acá está la media verdad) de que había que votar a Lacalle como candidato único después que ganó la interna, y no lo votaron. ¿Qué pretenden ahora con el sesudo argumento de que fallaron los no lacallistas por votar mal? ¿Que fuésemos con un revólver a cada uno que nos decía pestes del Cuqui para que lo votara igual? En el cuarto secreto, felizmente, cada uno vota como se le antoja; y por añadidura los correligionarios nos avisaban que aunque seguían sintiéndose blancos, también se sentían uruguayos y no votaban a Lacalle. Y punto; esa fue la realidad. Y los mismos que hoy no se animaron y en la pulpería lo responsabilizaban del desprestigio de la ’embestida baguala’, arbitrariedades, desconfianzas con compañeros, degüellos políticos de buenos ‘compañeros mártires’, etcétera, boquita cerraron en la comisaría, cuando se enfrentaron con él. No puedo menos que colegir que al decir del Mago, son «potrillos para pencas cuadreras y ninguno ha sido relojeado pa’l Nacional». El único fondista en ese grupo, mal que me pese, es el Cuqui.

Y acá se presentan dos problemas fundamentales. Alrededor de 150 mil fuimos los que votamos dentro del lema pero fuera del lacallismo en las listas al Senado y Diputados; y me pongo yo como ejemplo. Si Cuqui, con su poder económico, volviese a ganar en la interna, ¿nos van a obligar a votarlo nuevamente cuando es obvio que ni a misa queremos ir con él? Ya lo votamos una vez y ‘rebotamos'; ¿vamos a seguir rebotando otra vez? Cierto es que conoce bien el oficio y le sobra olfato. Supongo que no debe querer pasar a la historia como el ‘exterminador de los blancos’. Y por allí, entre los presuntos recientes discrepantes, se no comentaba que si se siente perdidoso, recurriría a un recambio que sería nada menos que la senadora Julia Pou de Lacalle. Toda una dama: simpática, respetada e inteligente. Fuera de discusión sus dones personales. Pero si esa intención es cierta, es su esposa; y el Partido de Oribe –bueno sería recordarle por si se le olvidó– no es ‘bien de difuntos’ para disponer de él como se fuese propiedad de la familia Lacalle. Los nepotismos, ya lo verificamos en Canelones, no son aconsejables. Al menos no fue esa la idea original de don Manuel cuando fundó la Colectividad. El Partido Blanco es de todos los blancos; incluso de los ‘compañeros mártires’ que el Cuqui conoce tan bien.

Y en segundo lugar, supongo que serán conscientes, ¿cómo hacemos volver a los 300 mil blancos que se volaron? ¿Con el mismo plato de sopa corregido y aumentado? A los 150 mil que fuimos y a los 300 mil que se fueron y puedan sentirse nostálgicos (nos consta que hay muchos) lo único que nos va quedando es el gaucho Larrañaga que viene desde la Heroica. Es una cara distinta, no comprometida con la pestilencia política. Una esperanza que con buena base ideológica nacionalista y progresista pueda reflotar un buque que con este último resultado en el lacallismo hace agua por una cantidad de averías importantes.

No queremos que nos dejen sin partido. Somos blancos y deseamos –cuando nos toque– que nos entierren con una mortaja blanca. No nos queremos ir. ¡Vamos arriba Larrañaga! ¡A lanza y bola como Aparicio! ¡Viva mi viejo y querido Partido Blanco!

* Convencional del Partido Nacional

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