Los uruguayos que el sistema abandona

Dos informaciones aparecidas en nuestra edición de ayer ofrecen un panorama desgarrador del nivel de descomposición social a que ha llegado el país.

Uno de ellos tiene que ver con la energía eléctrica sustraída a UTE por habitantes de barrios ‘carenciados’, un elegante eufemismo que pretende ocultar la incómoda realidad de miseria que padecen cada vez más uruguayos. Según los datos aportados por el propio ente, cerca de treinta mil viviendas están conectadas clandestinamente a la red de suministro de energía eléctrica, con lo que –de acuerdo con los cálculos de la empresa– UTE pierde unos dieciséis millones de dólares por año.

El otro caso es de un profundo dramatismo: se trata del hallazgo de un niño recién nacido abandonado en un basural de otro barrio ‘carenciado’.

Dos hechos, pues, sin conexión alguna entre sí, independientes uno del otro, tienen empero en común la impronta de la miseria en que vive gran parte de la sociedad uruguaya actual.

Cuando hablamos de cantegriles, asentamientos, viviendas precarias, solemos olvidar que junto a las carencias de higiene, de atención médica, de alimentación, de educación, esos compatriotas realmente marginados, excluidos, al margen de los servicios de que gozamos quienes estamos integrados al sistema, también carecen de energía eléctrica. Piénsese por un momento en los trastornos que puede ocasionar a cualquiera de nosotros un simple apagón, una interrupción temporaria en el suministro de electricidad, para advertir hasta qué punto dependemos de esa energía y tomar conciencia de las condiciones en que viven esos uruguayos. ¿Es posible imaginar que quienes no tienen ingresos fijos, que sobreviven hurgando y clasificando basura, pueden pagar la energía eléctrica?

Como tantos otros problemas, este requiere más que paliativos, y su solución implica rever el modelo económico inhumano generador de miseria y de desigualdades escandalosas.

Respecto del bebé abandonado en un basural, el hecho es de por sí todo un símbolo. Nada cuesta advertir, detrás de ese episodio, toda una peripecia miserable y dolorosa en la que el deterioro material de las condiciones de vida ha llevado a un descaecimiento absoluto de los valores más elementales. Están condensadas en el hecho todas las características de un grupo que vive al margen de los patrones medios de la sociedad: hacinamiento, promiscuidad, ignorancia, abandono. Detrás de esa criatura abandonada hay muy probablemente una mujer apenas salida de la infancia que nació y se desarrolló sin otros parámetros que la lucha por la sobrevivencia, seguramente mendigando en las calles o vendiendo estampitas en los ómnibus; sin referentes familiares, sin orientación: ella también fue abandonada. Abandonada por un padre a quien nunca conoció y por una madre que no fue capaz de brindarle seguridad material ni moral.

En definitiva, esta madre que se deshizo de su hijo recién nacido, ya había sido abandonada por el sistema.

Ya que el Estado parece despreocuparse por estas situaciones, ¿habrá que esperar a que el mercado, que todo lo regula, se ocupe de evitar que sucedan estas cosas?

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