Hacia una salida del atolladero
Un primer penacho de humo blanco parece asomar desde la intrincada interna frentista. Nada hay resuelto aún, pero el impasse parece abrir una puerta para que se encaucen las diferencias que amenazaban seriamente la estabilidad, la unidad e incluso la viabilidad del Frente Amplio, comprometiendo en cierto modo su chance electoral.
Desde su nacimiento a la vida política nacional, el Frente Amplio se había caracterizado por exhibir una unidad que lo diferenciaba netamente de los dos partidos tradicionales, cuyas rencillas internas y disputas por personalismos fueron y siguen siendo notorias. Teniendo en cuenta las muy disímiles corrientes ideológicas que convergieron en la formación de la coalición de izquierdas, resultaba sorprendente la unidad que lograban los diversos sectores, grupos y partidos. El consenso fue la tónica a la hora de adoptar decisiones en el conglomerado que aparecía, así, a los ojos de sus simpatizantes (y de la opinión pública en general, a pesar de los calificativos tales como «colcha de retazos» con que pretendía descalificarlo la derecha) como una colectividad política sólidamente unida.
Hasta no hace mucho tiempo, las candidaturas a la presidencia y a las intendencias se habían resuelto sin mayores traumas, probablemente en razón de que los candidatos gozaban de un prestigio con mucho de mística y que no habían surgido figuras con reales posibilidades de competir con ellos; Seregni, Arana, Vázquez, fueron candidatos naturales que nadie cuestionó, y la masa frentista los percibió como los candidatos «cantados» para enfrentar con éxito a los adversarios blancos y colorados.
Hoy el panorama es muy otro. Al estar Vázquez impedido constitucionalmente para ser reelecto, dos son las figuras que concitan las mayores adhesiones en la interna frentista, cada una con un perfil propio muy distinto, con imágenes casi opuestas, con chances parejas de obtener los favores del electorado aunque, captando cada uno segmentos diferentes de la sociedad. El Frente Amplio cuenta con una complicada ingeniería estatutaria para resolver todas las cuestiones delicadas; dicha ingeniería prioriza el consenso pero no descarta otras instancias de resolución, por lo que para dirimir el diferendo planteado, la mecánica estatutaria de la coalición de izquierdas ofrece mecanismos válidos.
Ahora bien, como consecuencia de la reforma electoral incorporada a la Constitución en 1996, la normativa exige que el candidato único de cada partido político surja de elecciones internas (o primarias) a realizarse unos meses antes de las nacionales. En virtud de ello, nada impide a ningún dirigente frentista postularse como candidato a la presidencia y dar batalla por esa candidatura en la elección interna de junio.
Finalmente, luego de un tiempo demasiado largo de incertidumbre, de idas y venidas, de marchas y contramarchas, de declaraciones que crisparon el ambiente, ha surgido una propuesta que parece encaminarse a una solución definitiva del lamentable enfrentamiento. La dirigencia frentista (o mejor dicho los dirigentes de casi todos los sectores) parece haber advertido que, en caso de no lograrse el consenso en el próximo Congreso, el tema puede ser resuelto sin mayores traumas en la elección interna de junio. La idea de habilitar varias candidaturas que compitan entre sí en la interna de junio (por más que eso esté previsto en la Constitución) además de la fórmula que eventualmente obtenga los dos tercios en el Congreso, abre la puerta para una salida que conforme a todos.
El Frente Amplio tiene la obligación de volver a ganar, y ganar por un margen mayor aún; debe continuar y profundizar los cambios estructurales tendientes a construir una sociedad más justa sin los desequilibrios indignantes que marginan a miles de compatriotas. Para ello, además del programa elaborado en conjunto, debe elegir al candidato mejor posicionado para derrotar al adversario. Confiemos en que hará la elección correcta.
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