Seguridad

Todas las Policías del mundo deben prevenir y reprimir. Son las funciones primarias fundamentales para imponer y restablecer el orden público esencial para la vida cotidiana de cualquier sociedad. El delito está ínsito entre los vicios de la condición humana. Y si bien la educación de los sentimientos y actitudes de cualquier sociedad es fundamental para su convivencia, la otra, de violación de las normas, está implícita en las relaciones cotidianas. Es una verdad del Dr. Perogrullo. Pero la izquierda, no a nivel mundial, ¡por supuesto que no!, sino la vernácula, se cree que sólo prevenir se debe, y que las normas sancionadoras hay que evitar tomarlas en lo posible. Es una filosofía que todos los ministros del Interior de este gobierno quieren imponer, y todos han fracasado, es evidente. Como explicación a sus múltiples frustraciones, particularmente la actual, le pasa la responsabilidad o culpas a los demás.

¡Por supuesto son exageraciones de la oposición! ¡Ni que mencionar los excesos de la prensa, logrando con los escándalos, tal vez, mayores ventas!

Y obviamente tapar la verdad con harnero, negándole trascendencia como si no pasara nada costumbristamente normal. Hoy, se constata que hasta sus propios legisladores denuncian el peligro ante ineficacia represora. Caso del senador Fernández Huidobro y el propio diputado Gamu, que admite tener que andar armado por necesidad. La inseguridad es absoluta. baste «vichar» alrededor para encontrarse con una ciudad vacía y enrejada. Los delincuentes están libres (¡pobrecitos son producto de vicios sociales, habrá que educarlos antes de sancionarlos algún día!), ¡y la gente trabajadora, las familias en general, los comerciantes e industriales, o sea la sociedad que monitorea la vida del país, vive entre rejas!

¡Es brutal!

Pero lo que es más grave aun, no es sólo el robo o hasta el descuido común que abunda, con toda la consecuencia que ello apareja; son los delitos de sangre que proliferan y no son resueltos.

Ni por la Policía ni tampoco por la Justicia, más preocupada por delitos políticos con antigüedades de 25 y 40 años y no resuelven los que a diario necesitan para que haya una sociedad viviendo en paz.

Con esto no digo ­no se malinterprete­ que delitos políticos, por añejos que sean, máxime si son de lesa humanidad, queden impunes.

¡Por supuesto que no!

Pero la vida sigue andando. Los hijos, los nietos, mujeres, viejos y ciudadanos en general deben seguir seguros y no lo están. El riesgo es cotidiano. Viven jueces y fiscales emitiendo exhortos y reclamos internacionales, que por supuesto si los requeridos son culpables y están impunes debe hacerse justicia, pero tampoco se pueden «soltar», las pocas veces que se les «agarran», delincuentes peligrosos actuales, por meras razones demagógicas electorales futuras. En ese aspecto, la Policía tiene razón.

El pobre «botón» de Comisaría se juega la vida por un magro sueldo prendiendo delincuentes peligrosos, incluyendo juveniles, que son los peores, y a las 48 horas los señores jueves y afines los dejan libres. Tenemos además una ministra del Interior que, al margen de cabalgar como una avezada «amazona», está «pintada» como dicen los gurises. Con sorprendente desparpajo, llena de pedantería soberbia, todo lo arregla delegando responsabilidades. No puede solucionar los variados crímenes complejos que, por cierto, proliferan y llenan las páginas rojas de la prensa. Se recurre como consuelo o explicación a la ciudadanía, plantear cada cierto tiempo nuevos planes o medidas preventivas originales y revolucionarias organizativas de seguridad. Ninguna ha dado resultado. Seamos justos, hay que empezar por pagar buenos sueldos a la Policía y respaldarla en sus represiones, que justifique el riesgo al que se deben enfrentar. No se puede asistir a espectáculos públicos con niños o mujeres por temor a tener incidentes con lesiones graves y hasta mortales. En la reciente batalla campal producida entre Danubio y Nacional, trascendió que hubo un policía que «arrancó» a reprimir y un compañero lo habría parado, mano en pecho cubierto, como diciendo «dejá que se maten, no corras riesgo». Cierto o no, la Policía se lavó las manos.

Y no dejan de tener sus legítimas razones, ante la falta de buenos sueldos y respaldos necesarios. Y no se arguya que la inseguridad es a nivel mundial.

Si bien es cierto que en grandes metrópolis hay un submundo de delitos crónicos y que incluso en naciones de nuestro continente, más al norte, siempre existió una problemática crítica, acá no. Siempre hubo otra cultura y hasta como país chico es más fácil y sencillo mantener la seguridad. La señora ministra carece de la más mínima noción de cómo hacer funcionar su cartera.

El Ministerio del Interior es clave en la vida del país y no da para improvisación demagógica. A su frente debe estar un idóneo, por lo menos. Se está jugando con fuego. Tanto, que se está manejando como solución que la población ande armada.

¡Una bomba de tiempo!

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