A propósito de violencia doméstica
Se conmemoró el pasado martes 25 el Día Internacional de la No Violencia Contra las Mujeres. Según datos aportados por el Observatorio Nacional sobre Violencia y Criminalidad del Ministerio del Interior, en el primer semestre del año en curso las denuncias por violencia doméstica se incrementaron en 16 por ciento. Corresponde precisar que esa cifra no debe leerse necesariamente como un aumento real de casos de ese delito, sino, más bien, como un aumento de las denuncias oficiales referidas a acciones violentas en el ámbito familiar –cometidas normalmente por varones– contra mujeres y niños.
El aumento de las denuncias parecería responder, entonces, a la tarea militante de hombres y mujeres que en diversos ámbitos del quehacer nacional llevan adelante una lucha incesante contra la violencia doméstica. Esa lucha ha tenido por efecto una toma de conciencia cada vez mayor de toda la sociedad respecto del fenómeno, así como la adopción de medidas concretas tendientes a prevenir y reprimir los comportamientos violentos en el seno del hogar, tratando de dar seguridades para los denunciantes, adiestrando y especializando a algunos funcionarios policiales y redoblando la vigilancia para controlar el cumplimiento de las resoluciones judiciales.
El incremento de las denuncias, pues, debe verse como un hecho positivo pues es un síntoma de que la gente (y sobre todo las propias víctimas) empieza a «animarse» a denunciar casos de violencia doméstica, que van perdiendo el miedo a las posibles represalias del denunciado. Están dejando de lado, también, el prurito de denunciar a un familiar violento (en la mayoría de los casos un familiar íntimo) y deciden hacer frente a una situación que hasta no hace mucho tiempo preferían mantener en secreto.
No obstante estos avances incuestionables, la actitud agresiva de muchos varones se mantiene incólume. Maridos y padres golpeadores conforman un grupo que no se extingue fácilmente y permanece activo. La Humanidad lleva demasiados milenios rigiéndose por códigos machistas, independientemente del tiempo histórico, de la cultura o la religión predominante. El varón ha hecho prevalecer su natural superioridad física (objetivamente innegable) para dominar y sojuzgar a los más débiles o más vulnerables o más desprotegidos, que no son sino las mujeres y los niños. Contra ellas (y ellos) el macho ha ejercido una violencia consuetudinaria, en una actitud tolerada mal o bien por el cuerpo social, que resulta muy difícil erradicar en pocos años.
Hasta no hace mucho tiempo, nuestro ordenamiento legal –el ordenamiento legal de un país democrático y avanzado modélico– mantenía al varón en una posición privilegiada respecto de la mujer. Por ejemplo, el adulterio de ésta era considerado una circunstancia atenuante para una reacción violenta del marido, al tiempo que se perdonaba con indulgencia el adulterio de éste. Es por ello que muchos victimarios aducen «mala conducta» de su compañera a la hora de explicar la agresión de la cual muchas veces resulta la muerte de la esposa o concubina «infiel».
Sin duda serán necesarios varios milenios más para que la Humanidad llegue finalmente a evolucionar de tal modo que los comportamientos agresivos contra víctimas indefensas pertenezcan definitivamente al pasado. Y conste que si bien estamos refiriéndonos a las formas de violencia doméstica (contra las mujeres o contra niñas y niños), también debemos incluir, entre las prácticas de violencia contra víctimas indefensas, a todas las formas de tortura que practican las Policías de todo el mundo y todos los cuerpos represores en general, así como todas las formas de abuso sexual.
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