El aborto
En el año 2002 la Cámara de Representantes efectuó una publicación denominada «Ponencias relacionadas con la condición de la mujer» que contenía escritos del sacerdote Luis Pérez Aguirre, fallecido el 25 de enero de 2001. De dicha publicación vamos a extraer solamente algunos párrafos que se refieren a la penalización del aborto, dadas las necesarias razones de espacio que impiden una mayor extensión.
Respecto de la doctrina oficial de la Iglesia Católica puntualiza: a) «Todo aborto es destrucción de vida humana (obsérvese que no digo persona humana) y como tal, es un gravísimo e irreparable daño».
b) La mayoría de los abortos no caen bajo la ley que los considera como un crimen imputable. Por ello la solidaridad humana obliga a estar del lado de las mujeres criminalizadas que se han visto impulsadas a abortar por circunstancias que las condujeron en conciencia a dicha opción trágica».
c) «Habría que ponerse seriamente a buscar alternativas, en esas circunstancias a la penalización del aborto porque no soluciona el problema, generalmente la ley es inaplicable y cuando lo es castiga a quien es víctima inocente de una situación que no controla. De hecho en esas circunstancias la penalización resulta una grave injusticia, daña en la inmensa mayoría de los casos. Por lo tanto es inútil, inmoral y no podemos contentarnos con ella como solución».
«Si de todo sufrimiento humano debemos hablar con respeto y vergüenza de no hacer todo lo posible por superarlo, con más razón debemos respetar la angustia, la agonía y el sentimiento de culpabilidad inducidos por la criminalización del aborto en millones de mujeres». «La tragedia se instala cuando en la polémica falta esa honestidad mínima y ese realismo vital y se pasa directamente de la defensa y preocupación por los seres humanos a la defensa de principios abstractos y posiciones tomadas. Ello siempre redunda en agresiones, manipulaciones sentimentales y medias verdades ideologizadas que escamotean al problema e impiden resolverlo.
No podemos dejar de ver, en lo acalorado de los debates a favor o en contra de la penalización del aborto, el hecho de tantas vidas humanas eliminadas por sus propias madres y miles de mujeres empujadas en la angustia a destruir esas vidas que estaban esperando, poniendo en riesgo la suya propia, por factores tan medibles como la injusticia social y la inhumanidad de una sociedad que de hecho exige esas muertes para permitirles sobrevivir económica, social o religiosamente, para finalmente condenarlas y castigarles por ello». (pág. 32)
«La misma moral cristiana, tan estricta en estos casos, establece circunstancias que eximen de culpa a una persona que comete una acción que la Iglesia considera intrínsecamente mala». (pág. 33)
«El mismo derecho canónico de la Iglesia Católica (1323 y 1324) establece claramente las circunstancias que eximen de culpa y de castigo a quien infringe la ley (y por tanto no le cabe la excomunión) a «quien obró por violencia o por miedo grave, aunque lo fuera sólo relativamente, o por necesidad, o para evitar un grave perjuicio». «Es evidente entonces-si somos honestos con la realidad- que la gran mayoría de mujeres que abortan se encuentran en ese tipo de circunstancias. Por lo tanto ni pueden considerarse culpables, ni caen bajo la excomunión y tampoco deberían caer bajo una pena civil». (pág. 34)
«Es absurdo simplificar la polémica ubicándola en dos bandos extremos irreconciliables: quien dice que para salvar embriones y/o fetos hay que ajusticiar, eliminar o sancionar socialmente a las madres y quien sostiene, por el contrario que para defender a las madres se puede acepta o justificar la destrucción de sus embriones o fetos. En esta disyuntiva de hierro lo trágico es que las ajusticiadas son siempre las mismas víctimas, porque abrumadoramente desde el punto de vista numérico son las más débiles y las más pobres, las que no se pueden o no tienen los medios para defenderse o escapar de la legislación dada». (pág.36)
«Detrás de esas simplificaciones asoma una posición social hipócrita, dispuesta a no conceder que una mujer pueda abortar. Ni tampoco que pueda tener los hijos que quiera, sin que la corran de la casa sus padres o sus maridos, que no le den trabajo o la corran del trabajo los patrones por estar embarazada, que la excomulguen de su iglesia los escandalizados porque se vio forzada a abortar o es soltera y esta embarazada, o simplemente la corran de la vida el hambre y la miseria». (pág. 36)
La posición de Pérez Aguirre, la comparto plenamente, aunque debo señalar mi especial resistencia a las organizaciones religiosas sea cristiana, judía o mahometana, que pretendan imponer sus ritos o castigos a los civiles que siendo o no creyentes, no comparten sus criterios (me estoy refiriendo en especial al inefable monseñor Cotugno).
Sin perjuicio de lo expresado debe recordarse que «Perico» no sólo fue perseguido por la dictadura sino también por su propia Iglesia, en especial por un cardenal a cargo del «ex Santo Oficio», un tal Joseph Ratzinger, a quien la víctima califica de troglodita y oscurantista («La Iglesia Increíble», pág. 9 – Edición Trilce, 2003).
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