No estoy de acuerdo con la suspensión del fútbol

La vida no debe detenerse por un grupo de personas que violan la ley, justamente para evitar eso es que somos república y un Estado de derecho.

La Justicia ha actuado de oficio, y todas las fuerzas de la ley están disponibles para actuar para imponer la ley bajo supervisión judicial.

No puede haber un estado de sitio al fútbol porque hay personas que se violentan, se drogan en las tribunas, cazan banderas como trofeos y lesionan a otros con la excusa del partido de fútbol.

Debería reanudarse el campeonato, de inmediato y establecer un sistema de registro de imágenes del mismo tipo de las que filman el partido pero hacia las tribunas.

Son un grupo identificable los promotores de los incidentes, y un grupo menor aun los que los inician.

Identifiquémoslos, busquemos sus antecedentes personales. Desde la detención del violento sometido a la Justicia, se podrá evaluar su peligrosidad y salud mental.

Para eso existen los servicios especializados del Instituto Técnico Forense, una entidad de altísimo nivel técnico, garantía del sistema de Justicia de la que poco se habla a pesar de su rol esencial.

Entre los detenidos seguramente se encontrarán algunas personas que cometen otros delitos, porque hay conductas que parecen no ser practicadas por primera vez en un estadio, sino que vienen con bastante experiencia y práctica previa.

Pongamos asistentes sociales bajo dirección del juez para que además de procesarles como corresponde veamos su composición familiar, sus entornos sociales, reconstruyamos judicialmente y con todas las garantías del proceso como en epidemiología ante una enfermedad infecto-contagiosa, con quién se relacionan y por qué.

Dónde trabajan, qué hacen con su ocio, saber si estudian, saber si cultivan también la violencia en su barrio o en la intimidad de su familia.

Sepamos quiénes son, aislémoslos de los escenarios colectivos de espectáculos hasta que demuestren en los casos que es posible su recuperación desde la garantía de la Ley.

No nos podemos aislar el resto mientras los violentos siguen libres.

Hay que precintar los entornos con las fuerzas disponibles y seguir adelante, porque el crimen no puede doblegar nuestra voluntad ni condicionar nuestra forma de vida. No podemos vivir clausurados y encerrados, ni sometidos a salidas transitorias; la omisión no es la respuesta, la acción concertada es el mandato de la hora y a su servicio estaremos como siempre.

Detener el fútbol es un renunciamiento, una declaración de impotencia, una rendición incondicional frente a los que creen que con la brutalidad de su accionar pueden cambiar el curso de la vida.

No debe ser así y hay instrumentos más que suficientes para remediarlo.

Han recorrido el mundo las imágenes de la violencia de un grupo de uruguayos que nos dejan al peor nivel imaginable tomándose a golpes con todo lo que encuentran en una demostración de insania con mezcla de inadaptación. Es hora de hacer notar que en Uruguay, el crimen no paga. Por eso es de resaltar la actuación de oficio de una magistrada penal, para poner en orden la confusión que impera en el sistema, que como respuesta se paraliza y pone en práctica la técnica del avestruz para, escondiendo sus sentidos, imaginar la realidad que le resulta más conveniente.

Un país turístico en plena pretemporada turística, con medio país bloqueado desde el Litoral argentino, ahora se autobloqueó desde adentro.

Las intenciones son muy buenas pero el resultado más que malo.

Estamos dando la imagen hacia adentro de que somos impotentes como comunidad ante el desborde de los inadaptados, y eso no es cierto, simplemente asistimos a un error de estrategia perfectamente reparable y comenzada a revertir desde la acción judicial de oficio.

Se equivocan quienes piensan que lograrán detener el mundo a las pedradas y se jactan con la imágenes donde blanden lo que encuentran contra los demás, que muchas veces también van a la cancha para ver si pueden conseguir con qué golpear al otro.

No hay inocentes, sólo agresores recíprocos que, como en toda manada, unos agraden mientras otros son agredidos. Pero no nos engañemos, forman parte de la misma estirpe retroalimentada desde el espíritu de la patota. Ya tuvimos muertos que aún nos duelen y personas discapacitadas de por vida, no hay necesidad de esperar más.

Pero están los demás, la enorme mayoría amedrentada que mira con pavor y especula cómo estarán las cosas a la salida del estadio que fuere. Los hinchas pasionales y positivos, los que alegran y dan colorido al espectáculo. Esos que de pronto son víctima de una patota porque tienen una matera, una camiseta o una bandera del cuadro que algunos extraviados creen enemigo.

Torpemente la respuesta se dice que ha sido dar entradas regaladas por algunos dirigentes para demostrar que hay fuerza de choque de los dos lados. De comprobarse esas conductas hay responsabilidades que aclarar.

El fútbol debe comenzar de inmediato bajo la severa acción de las fuerzas de la Ley.

Para empezar hay que obligarles a resarcir los daños, todos los daños, incluidos los causados a la imagen del país. Para eso están las medidas alternativas que aprobamos en el Parlamento y hoy son ley. Instrumentos ni medios faltan, así que lo que resta es actuar con severa ponderación y sin especulaciones.

Con el delito no se transa, ante la violencia no se cede ni se paraliza, la fuerza pública es del Estado, la dirige un gobierno, pero el Estado somos todos.

Serán alternativas a la prisión las que se apliquen según los casos o complementarias a la prisión según la gravedad de los hechos.

Pero todos, incluso sus responsables cuando los actores son menores, tienen la obligación de reparar y responder.

Estos fenómenos están estudiados hace tiempo en muchas partes. No hace falta mucho para actuar y nuestras policías saben lo que hay que hacer porque la formación la tienen junto al respaldo de la ciudadanía que necesita protección ante el desborde. Las normas están y los recursos profesionales también.

Adelante. Que la prepotencia no paralice la alegría de gritar un gol o la angustia de un resultado deportivo que no llega, sólo porque un grupo decide paralizarnos y bloquearnos desde dentro, desde el temor y el avasallamiento.

Nuestro respaldo a la acción de las instituciones. Mas allá de los reproches el apoyo y el insistente reclamo de la acción que hoy se torna imprescindible.

No más policías expectantes, o parados en resignada y casi heroica formación mientras son agredidos o insultados o practican tiro al blanco mientras se refugian tras sus escudos en el mejor de los casos. Repudiamos la violencia.

La fuerza que civilizadamente convinimos establecer como comunidad para hacer cumplir la ley y dentro de sus límites, bajo supervisión de la garantía judicial es una vez la respuesta imprescindible, para que la gente no deba defenderse por sí misma.

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