Una sociedad exigente
Se discute mucho en nuestro sistema político sobre candidaturas y programas, que son la esencia de una sociedad democrática. Por eso la reciente encuesta anual de Latinobarómetro dice, palabras más, palabras menos, que los uruguayos somos los que más confiamos en nuestro país, tanto sobre el Estado, las leyes, economía y bancos.
Pero hasta ahora no hay una encuesta sobre si somos una sociedad exigente, que reclama del otro compromisos con la sociedad y con la gestión. Quizá, si esa encuesta se hiciera, también estaríamos en primer lugar.
Por encima de las encuestas comparativas en Latinoamérica, es claro que nuestra sociedad necesita de una nueva cultura donde la exigencia sea un valor fundamental.
Hay países que salieron adelante con una exigencia extrema, donde faltó y falta una cuota de humanismo imprescindible para ser sociedades que avancen en democracia.
El desafío es saber compaginar de una forma adecuada la libertad, la democracia y los pactos sociales, con la exigencia, con la rigurosidad, con la necesaria disciplina que requiere cualquier acción colectiva.
Para que todo esto ocurra es imprescindible un cambio de actitud, sabiendo que los procesos culturales son lentos, pero también normativas que permitan que el «nosotros» tenga formas de poder actuar sobre el «yo» y que el «yo» no se vea avasallado por el «nosotros».
El ejemplo de la eficiencia debe partir desde el poder, que no siempre es sólo el poder político aunque es imprescindible, sino que hay que saber detectar que en una sociedad democrática hay distintos poderes que tienen influencia y que terminan decidiendo.
Hoy al Uruguay le falta espíritu de sacrificio, pero no un sacrificio de la miseria, sino el sacrificio que apunta a lo lejos, que tiene una mirada larga y que busca tener horizonte siendo eficiente.
Por el peso histórico del Estado, uno de las expresiones uruguayas más desarrolladas desde el punto de vista cultural, es imprescindible que ese Estado sea cada vez más democrático, pero a la vez más exigente con sus funcionarios y con los beneficiados por la acción de ese Estado.
Este gobierno progresista ha dado pasos muy grandes en esta materia, por ejemplo cuando no ha perdonado al barrer las deudas de los sectores del trabajo con el BROU. O cuando se plantea una ayuda al Casmu, que hay que darla, pero que se exige una contrapartida por parte de los responsables del fracaso empresarial.
Seguramente falta mucho por hacer, particularmente en lo que tiene que ver con la musculatura del Estado, que aún es débil, que tiene múltiples patologías que enferman al cuerpo humano del aparato estatal. Pero se ha ido por buen camino, quizás haya que acelerar el paso. Pero eso sólo se logrará si el Frente Amplio repite en el gobierno.
La idea será seguir apuntando a la sociedad exigente.
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