El verdadero y único Congreso

Hacía más de un mes que no escribía. Por un lado las tareas cada vez más absorbentes del diario no me dejaban mucho tiempo. Pero lo que me faltaba era inspiración. Mis últimas notas habían estado centradas en cómo encarar las elecciones nacionales y, por ende, las internas, por parte del Frente Amplio. La verdad es que los acontecimientos a lo único que me llamaban era a desensillar hasta que aclarase. A comienzos de año había escrito una serie de notas sobre la dupla Astori-Mujica, Mujica-Astori, y la necesidad de que la ciudadanía eligiese en las elecciones internas cómo quería el orden de la misma. Pasó mucha agua bajo el puente y parece que tiene que seguir pasando hasta que el Congreso decida lo que se hará.

 

Podrá ser de una manera u otra, habrá otra fórmula, habrá dos, todavía no se vislumbra. A esta altura, después de todo lo que ha pasado y se ha dicho, a mí es lo que menos me importa. Salvo, eso sí, que sea la ciudadanía la que decida si quiere a Pedro, María a Juan o José. ¿Por qué?

 

Las bases

Porque siempre creí que, «en el acierto o en el error», la gente era la que debía elegir su propio destino. Punto y aparte. Sin más vueltas.

Lamentablemente, en la izquierda, en los gremios, este «asunto» de las elecciones internas, donde participarán todos los involucrados y en forma secreta, nunca fue bien mirado. Siempre ­ de hecho- preferimos las «reuniones», las»coordinaciones», o terminar las asambleas a las mil quinientas, cuando lamentablemente parte de la gente que había concurrido se había tenido que retirar. Se «manejaba» sí la pelota, pero los partidos se jugaban entre 20 y no entre 20.000. Ya pasó, se hizo lo mejor que se pudo. Pero ya basta.

 

Somos gobierno elegido por la mayoría, no podemos seguir jugando como en la Liga del barrio, a ver cómo nos acomodamos nosotros, «los que la tenemos clara…». En esto siempre recordamos a Seregni y su inocultable vocación de cielos abiertos, de puertas y ventanas abiertas, de democracia, de participación, de transparencia. Vocación de gran fuerza política, de movimiento de masas. Y Seregni tuvo que fumarse una y otra vez las pequeñeces de muchos sectores que para no perder su silloncito se opusieron durante mucho tiempo a la democracia participativa dentro de la vida interna del FA. Y cuando finalmente la aceptaron, la gente ya se había ido de los comités, cansada de reunirse hasta las mil y quinientas para que los militantes de los sectores jugaran sus «partiditos» a ver quién ganaba cada vez.

Seregni fue, por su gran amor frenteamplista, por su gran amor a la patria, un gran tejedor, un gran zurcidor de aquella querida colcha de retazos. Hizo lo que pudo y más para transformarla en una gran fuerza política y no en una mera coordinación entre muchos sectores, medianos y pequeños sectores, y de nuevos sectores que se desprenden de aquellos porque no se pusieron de acuerdo en la importancia asignada a la hipotenusa en conjunción con el fainá de queso en la revolución neozelandesa y claro, ante semejantes diferencias, ahí se armó… Y así pasaron 24 años de la reapertura democrática y seguimos siendo una gran y querida colcha de retazos, la misma o mayor aún que antes de la dictadura. Y digo «querida» porque todos sentimos respeto y afecto por los sectores que se juntaron- con gran visión y sentido unitario- para formar nuestro querido Frente Amplio. Pero ya está. Ya está. Basta de «consenso» a espaldas de la gente. El consenso fue una herramienta muy útil cuando había que remarla desde abajo y juntar voluntades y esfuerzos. Pero eso ya fue. Ya somos mayoría. Dejemos que la mayorías gobiernen entonces. ¿No era que luchábamos para eso? ¿Y entonces, por qué nos oponemos ahora a que sean ellos los que decidan qué quieren de su herramienta, el Frente Amplio?

 

Teníamos miedo de las internas…

Y el espectáculo que hemos dado en este tiempo ha sido mucho peor.

Que sí, que no, que voy, que no voy, que voy donde me ponga la gente, que el Congreso, que … nos hemos paspado con tanto «pase usted primero» que en el fondo lo único que esconde es «yo quiero ser el primero». Y si es así, ¿cuál es el problema? ¿Por qué no lo decimos abiertamente, con alegría y no refunfuñando y a escondidas? ¿Por qué no somos capaces de ser francos y directos y de llamar al pan, pan, y al vino, vino? ¿No es mucho mejor que haya varias fórmulas o candidaturas y que cada uno luche con amor y esmero tratando de mostrar lo que tienen para aportar? Y que aprendamos entre todos de todos. Y que salga quien salga todos aprovechemos lo que los demás tienen para dar. Y a la basura el drama, la desconfianza, el ofenderse por lo más mínimo, la susceptibilidad, el miedo al qué dirán, el miedo a que piensen que quiero el poder… Y sí, no se conoce a ningún gobernante o líder que no luche por el poder para impulsar sus ideas. Eso no tiene nada de malo. Malo es tener miedo de que se nos note que detrás del poder perseguimos la ambición personal, el egocentrismo, la vanidad. No hay otra manera de sacarse el miedo que experimentándolo y no escondiéndolo. Y si por ahí a alguno se le escapa su vanidad, lo sabremos disculpar como humanos que somos.

 

Pero juguemos a cielo abierto, con alegría, con espíritu deportivo, que «gane el mejor», y que todos participemos de esa elección. Nuestra elección. De toda la ciudadanía. Porque de ella es el Frente Amplio. Para ella fue creado el Frente Amplio. Porque queremos que siga siendo su herramienta, no hagamos trampas en la liga encerrados entre cuatro paredes.

Ofrezcamos lo mejor de nosotros y que la ciudadanía elija libremente.

Ese es el verdadero y único Congreso: la gente.

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