Sobre la inseguridad y el combate al delito
Como suele ocurrir con cierta frecuencia, la última contratapa del senador Eleuterio Fernández en LA REPÚBLICA causó un revuelo considerable. Su postura contraria a la del Ministerio del Interior en cuanto a la tenencia de armas de parte de los ciudadanos generó inmediatamente una polémica cuyos ecos se harán oír todavía por un buen tiempo. Es que las opiniones del dirigente de CAP-L y el estilo peculiar con que las emite– resultan siempre removedoras; ello es así, además, porque es una de sus características abordar temas espinosos sobre los que no es aconsejable pronunciarse a riesgo de dejar de ser políticamente correcto.
No es nuestra intención terciar en la polémica ni pronunciarnos por una u otra de las posturas sustentadas con buenos argumentos por ambos puntos de vista, aunque creemos que se ha tergiversado un tanto la opinión de Eleuterio Fernández Huidobro al hacer aparecer una opinión contraria a la del Ministerio del Interior (que apoya el desarme de los ciudadanos) como una exhortación en contrario, esto es, como una invitación a los ciudadanos a procurarse un arma para la defensa de su hogar, de su familia y de su patrimonio.
Pero lo que sí nos parece un hecho que merece ser resaltado es que Eleuterio Fernández arroja sobre la mesa un asunto que a todos desvela pero que nadie se atreve a enfrentar, y es la primera vez que un referente de la izquierda osa abordar un tema espinoso con un planteo heterodoxo respecto de lo que ha sido la postura tradicional y oficial de la izquierda. Hay una realidad que se ha instalado de a poco, sutilmente, en el Uruguay, y que a todos nos conmociona: el aumento de los delitos violentos, la aparición de nuevas prácticas delictivas y el incremento de la agresividad en el relacionamiento de los individuos; dicho en otros términos, la proliferación de conductas agresivas y particularmente violentas en casi todos los aspectos de la vida en sociedad.
Es claro que hay una fractura social que se produjo como consecuencia de la depauperación de la sociedad y de la marginación, la exclusión y la deserción escolar. La pérdida del poder adquisitivo del salario, la desaparición de fuentes de trabajo, están en el origen del aumento de la delincuencia; eso es un hecho objetivo incuestionable. Pero las conductas violentas, la agresividad y el descaecimiento de los valores no se explican exclusivamente por esos factores; hay, en efecto, un componente subjetivo insoslayable que nos obliga a profundizar en el análisis del fenómeno si de veras nos proponemos combatirlo. Como en todos los órdenes de la vida, lo primero es reconocer la realidad, asumirla como tal de manera de estar en condiciones de cambiarla. Aceptar, pues, como bien sostiene Eleuterio Fernández, que se ha producido un cambio cualitativo que debemos tener presente, so pena de que fracasen todas las políticas tendientes a dar seguridad a la población.
Independientemente de la discutible sugerencia de estar armados, lo que nos interesa destacar es la necesidad de reconocer que la delincuencia que hoy azota a los ciudadanos se mueve con otros códigos (o mejor dicho, con la ausencia de códigos) y que es prácticamente imposible cualquier tipo de diálogo entre la sociedad integrada y los marginales que cometen los delitos más violentos. Y también hay que tener presente que las herramientas de que dispone el Estado para prevenir la delincuencia, para combatirla y para reprimirla (sin perjuicio de los notorios éxitos de la Policía en su combate al crimen) no son suficientes para enfrentar el incremento del delito ni, mucho menos, para modificar la mentalidad de los delincuentes más peligrosos.
El debate está planteado. Cuanto más se discuta, mejores serán las soluciones al problema.
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