Niños en situación de calle

El Estado se limita a poner parches

Es muy loable la acción emprendida por organismos estatales y organizaciones no estatales con el fin de reinsertar a los menores en situación de calle.

Tal como se informa en nuestra edición de ayer, hay alrededor de treinta y cuatro mil niños en Montevideo dedicados a actividades que van desde el simple pedido de limosna hasta el lavado de parabrisas de automóviles detenidos por el semáforo, pasando por la venta o pseudoventa en autobuses.

Se trata de establecer ciertos vínculos con esos menores de manera de rescatarlos de la penosa situación que viven. El proyecto Centro Nocturno de Protección Integral, implementado por Gurises Unidos, se propone atraer a los niños hacia actividades lúdicas y educativas como primer paso para reinsertarlos en su barrio y eventualmente en el sistema educativo.

El gobierno se había preocupado del problema de los menores que realizan actividades laborales y había creado el Comité para la Erradicación del Trabajo Infantil, integrado por el Iname y otros organismos estatales, y ciertas organizaciones sociales no gubernamentales.

Toda esta acción social persigue el noble propósito de eliminar progresivamente el trabajo informal de menores y de devolverles su condición humana así como propender a la toma de conciencia de sus derechos. Y no está mal que así sea puesto que sería criminal permanecer de brazos cruzados ante el drama social que implica la situación de esos niños.

Pero el problema no encontrará una solución de fondo si el Estado se limita a esas acciones. En efecto, a todas luces parece que se está atacando un síntoma más que la raíz del mal. Está bien que se den aspirinas para mitigar un dolor de cabeza; lo que es desaconsejable es quedarse en esa terapéutica y no atacar la causa de ese dolor.

En el mejor de los casos, se podrá reinsertar a todos esos niños (recordamos que la cifra ronda los treinta y cuatro mil) y rescatarlos de la miseria material y moral en que viven; y con suerte, quizá cuando crezcan sean capaces de salir de la marginación. Pero si paralelamente no se ataca el huevo de la serpiente, si no se modifican las condiciones económicas, sociales y culturales que impulsan a los niños a desertar de las escuelas y a aprender a ganar el pan por los medios más heterodoxos, el sistema volverá a producir el fenómeno y en poco tiempo habrá nuevos niños limpiando parabrisas en las esquinas, niñas prostituidas y adolescentes delincuentes.

Estas medidas gubernamentales no son sino un paliativo para un drama de proporciones cuyos orígenes deben buscarse en el desempleo, el desarraigo, el bajo nivel de ingresos, la imposibilidad de cumplir con las responsabilidades paternas, el descaecimiento de la moral y de los principios. Y todo ello configura un círculo vicioso del que resulta prácticamente imposible escapar: para una considerable mayoría de hogares, mantener a los jóvenes hasta que concluyan sus estudios resulta un lujo que no pueden darse, por lo que los hijos deben ocuparse de contribuir a los ingresos del núcleo familiar; en esas circunstancias, lo más probable es que abandonen los estudios, con lo cual esos jóvenes uruguayos se están cerrando las posibilidades de acceder a empleos mejor remunerados.

La movilidad vertical –antiguamente, una característica de nuestra sociedad– ha sido barrida de un plumazo: otra deuda que el Estado ha contraído y que no parece dispuesto a pagar.

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