Bodegueros sin botellas: otra incongruencia del sistema
El Uruguay parece ganado por la más absoluta demencia.
La semana pasada pudimos enterarnos de que nos damos el lujo (?) de tirar al mar unas cuantas toneladas diarias de proteínas y nutrientes; y en nuestra edición del pasado domingo nuestra capacidad de asombro se vio desbordada al leer otra nota de Ettore Pierri a propósito de las dificultades que enfrentan los bodegueros para obtener envases de vidrio luego del cierre de Cristalerías del Uruguay.
La industria vitivinícola uruguaya ha experimentado una innegable evolución en los últimos años que permitió que los vinos uruguayos compitan en igualdad de condiciones con los provenientes de países de antigua tradición. Fue así que se obtuvieron medallas de oro y premios varios en muestras internacionales, hecho que los gobernantes no tardaron en inscribirlo entre los logros de sus respectivas administraciones. Pero el despegue de la industria vitivinícola no se refiere exclusivamente a la calidad puesto que también se ha verificado un crecimiento en los volúmenes producidos y exportados.
En este contexto que a todos complace porque genera trabajo y divisas, se produce el inexplicable cierre de la empresa emblemática –y monopólica– de la industria del vidrio, productora de botellas.
Alguien decretó que Cristalerías del Uruguay era inviable y, después de un lock-out patronal, se resolvió cerrar la planta de la calle Comercio. Recordemos que los operarios ocuparon la fábrica y se estuvo a punto de llegar a un acuerdo para la puesta en marcha de la producción gestionada por los trabajadores. Sin embargo todas las iniciativas chocaron contra la insensibilidad de las autoridades, y finalmente la maquinaria fue vendida como chatarra. Era más rentable dedicarse a producir envases de plástico e importar los de cristal, de acuerdo con los sagrados preceptos neoliberales.
Con la excepción de la comuna montevideana –que propuso formas de reactivación y ofreció su aval para respaldar un crédito que permitiera volver a hacer funcionar la planta– las autoridades de gobierno exhibieron una total pasividad y una prescindencia criminal frente al problema socio económico planteado.
Cuando en el mundo desarrollado empieza a evitarse el plástico como material para envasar comestibles y bebidas –se sabe que el PVC con que se fabrican botellas altera el sabor del contenido y lo contamina con sustancias tóxicas– y se vuelve a los materiales nobles como el papel, el cartón y el vidrio, el gobierno uruguayo tolera alegremente que aquí se proceda a la inversa: se clausura una fábrica de vidrio y se monta una de plásticos. ¿Eso es ser moderno?
Y los vinos de calidad que se exportan exigen –es una condición sine qua non– ser embotellados en vidrio. Pero con el cierre de Cristalerías se liquidó la posibilidad de fabricar envases de vidrio, y es así que los bodegueros se ven obligados a importar botellas porque en Uruguay no se fabrican más. De manera que entonces ya no se trata de un reclamo propio de nostálgicos que no quieren aggiornarse, sino de un problema real y concreto; porque además de las dificultades que implica tener al proveedor de envases a miles de kilómetros, las botellas importadas son más caras que las que producía Cristalerías.
Como muestra de incongruencia, frivolidad, desatino y absurdo, la anécdota es bastante ilustrativa.
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