¿Para qué educar?

Cuando Luis A. de Herrera, en 1915, tuvo aquella célebre discusión parlamentaria con el colorado Narancio, sobre política educativa, en la que para los colorados parecía que la única opción era o todos analfabetos o todos bachilleres en derecho, Herrera planteaba que la enseñanza debía estar con miras de las necesidades productivas del país.

Nuestra Universidad fabrica miles de comunicadores, y leguleyos querellantes y unas decenas de ingenieros y veterinarios, en un país que se sustenta en el pasto y el ganado. Entonces los demagogos, ridiculizando la propuesta, dijeron: «¿Por qué un hijo de zapatero no puede ser doctor?» Qué sentido tiene un sistema educativo que prepare bachilleres, filósofos, abogados, que nadie necesita. ¿No se está fabricando frustración y desocupación, dándole la espalda a la naturaleza de las cosas? Condenando al país a ser eterno comprador de incomprensibles baratijas, como aborígenes marginados de la civilización.

Ese desencuentro entre las necesidades productivas de una sociedad y las vocaciones profesionales, denunciado por Florencio en «Mi hijo el doctor», ha consolidado nuestro estado colonial, nuestra incapacidad de pensar en base a los hechos, a tomar las propagandas como verdades reveladas, a consolidar la peor de las dependencias: la intelectual.

Coherente con el pensamiento colonial de los liberales, nuestro presupuesto educativo dio la espalda a la producción, retaceando recursos a la investigación de los recursos productivos del país. Verdaderas proezas aisladas fueron la fundación de las facultades de Veterinaria y Agronomía, las escuelas técnicas agrarias, como la Escuela de Lechería. Pero la escuela pública y el liceo siguieron con sus programas universalistas, de espaldas a las necesidades concretas de los hijos del país. Se mal entretiene a los paisanitos, obligados extraditarse a la geografía europea, saliendo de la escuela totalmente incapacitados para enfrentar la vida.

Una educación en la que la gratuidad se convirtió en sarcástica mueca, donde cualquier palurdo «de buena familia», con décadas de paciencia se vuelve doctor gratis… mientras que el urgido por las necesidades del hogar debe abandonar, por aburrimiento, el aula con las manos vacías y con la cabeza llena de información para el olvido. El empobrecimiento cultural y económico ha destruido la escalera de ascenso social, el sistema educativo universal y gratuito. El sistema de enseñanza se ha convertido en un seguro de paro de bachilleres fracasados en sus aspiraciones universitarias, y los institutos en guarderías para adolescentes de hogares pobres. Todo gracias a la demagógica propuesta de obligatoriedad del ciclo secundario básico, en un entorno de desmantelamiento industrial y productivo. La consigna parece ser, el que quiera aprender que vaya al privado, donde los profesores concurren y enseñan, los padres cuidan su dinero y la academia su prestigio. En una sociedad fisurada unos aprenden para suceder a sus progenitores en oficios o profesiones, y los otros se mal entretienen, se preparan para ser desocupados. «Para qué te vas a matar, estos no van a ningún lado», solo algunos se atreven a decirlo, pero lo piensan todos… No es cuestión de presupuesto, es cuestión de actitud, para qué proyecto de país educamos.

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