El gobierno y el poder

Una de las nociones `perdidas’ en las últimas décadas es la distinción entre gobierno y poder, muy presente, por ejemplo, cuando el derrocamiento del gobierno de Allende. Hoy se debe reafirmar la clásica distinción, complementándola con otras nociones destacadas a partir de los acontecimientos.

Realidades diferentes son el gobierno, el régimen, el Estado y el poder trasnacional. Y si no se distinguen, se cae inexorablemente, tanto en la insustancialidad `pragmática’ posmoderna o en el infantilismo de izquierda.

¿Qué es el gobierno? El Poder Ejecutivo, es decir, la presidencia y los ministros. ¿Qué es el régimen? Las instituciones políticas temporales ­electas democráticamente o no, civiles o militares- que elaboran la política a través del Poder Ejecutivo, del Poder Legislativo, de las Intendencias, de las Juntas Departamentales, de la Corte Electoral, del Tribunal de Cuentas, de los Directorios de Entes. Por consiguiente, el gobierno es solo una parte del régimen.

En Uruguay el gobierno está en manos del Frente Amplio. Sin embargo, el régimen sólo parcialmente está en sus manos. El Frente Amplio tiene sí la mayoría legislativa (52 diputados, 17 senadores), 8 Intendencias, los Directorios de los Entes. Pero 10 Intendencias están en manos del Partido Nacional y una del Partido Colorado. Los partidos de la oposición, por mecanismos constitucionales, controlan la Corte Electoral y el Tribunal de Cuentas. Hasta ahora, no ha habido graves conflictos entre el gobierno y el conjunto del régimen como en otros países.

Lo hay en Bolivia, por ejemplo. Están enfrentados el gobierno de Evo Morales y los cinco prefectos del Oriente. Además, el Senado está en manos de la oposición. Y la Corte Nacional Electoral amenaza al gobierno con suspender el referendo constitucional del 25 de enero si no se levanta el Estado de Sitio en el departamento de Pando. Ni que decir, que también hay confrontación entre el gobierno y el régimen en Ecuador, o en Brasil, donde el presidente Lula carece de las mayorías necesarias para gobernar.

A su vez, el régimen es sólo parte del Estado, que además del régimen, se compone de las instituciones permanentes: Fuerzas Armadas, Servicios de Inteligencia, Policía, Poder Judicial, Banco Central, Administración pública. El Estado detenta el poder. Y el gobierno no impone siempre sus enfoques en el Estado, y suele ser enfrentado por esas instituciones. Lo ha sido en la sucesión de golpes militares basados en la Doctrina de la Seguridad Nacional (décadas del 60 y del 70) cuando la institución militar derribó a los gobiernos y regímenes democráticamente constituidos. O más recientemente, cuando el Gral. Medina escondió en su cofre-fort las órdenes de los juzgados para que militares se presentasen a declarar, origen de la Ley de Caducidad.

En síntesis: el gobierno es al Estado, lo que el timón al barco, el volante al auto. Lo guía pero si la carrocería o los frenos fallan, o no se encienden las luces, el volante por sí solo, no garantiza nada.

Todavía, interesa remarcar que la institucionalidad del sistema capitalista ha creado organismos que controlan, regentean o mandan sobre los Estados Nacionales, como la ONU, las instituciones financieras de crédito, la OTAN, etc. El Poder Trasnacional, en suma.

Por eso, es una tontería creer que Obama cambiará por la sola voluntad del gobierno a EEUU, potencia imperialista, si así lo decidiera. O que, manteniendo el gobierno por sí solo, `seguiremos cambiando’ . Luchar por el gobierno es un imperativo político y ético. Pero ya no basta. Nos debemos otras preguntas: ¿gobernar para qué? ¿Puede un gobierno popular convivir con instituciones asentadas para afirmar al bloque del gran capital dominante? Los procesos de Bolivia, Ecuador y Venezuela, promotores de sendas reformas constitucionales, dan la respuesta.

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