Sutiles señales de cambios más profundos
El lunes, en el discurso de delegación de su presidencia al frente de la Asociación Rural del Uruguay, Guzmán Tellechea convocó a los rurales a encarar su aporte a la sociedad sin anteponer reivindicaciones sectoriales. Hace mucho tiempo que un presidente de la institución que otrora exigía una macro devaluación ante cualquier desgracia comercial o climática, no se paraba frente a sus iguales advirtiéndoles acerca de sus obligaciones ciudadanas con tal precisión. Las características del momento para la ganadería cierre de mercados, inversión de la rentabilidad de los últimos cinco años, y sequía de primavera, la más temida en el campo tornan el pronunciamiento en un verdadero documento. El sector agropecuario ha cambiado su estructura de producción y para los analistas de la revolución modernizadora que vive el campo, había hasta el presente un solo dato que no cerraba en esa promisoria ecuación: la postergada modernización de su sistema de representación corporativa. Hasta que el ingeniero Tellechea dijo lo que dijo, los problemas esenciales de la nueva estructura productiva parecían dirimirse en un mercado abierto y competitivo con indicadores de productividad crecientes. Pero esa presidencia en las tradicionales demandas de transferencias, ni mucho menos una convocatoria como la comentada han sido incorporadas aún en un discurso alternativo, más razonable y compenetrado con la verdadera función social de la producción. Sin embargo, la variante que celebramos había comenzado a insinuarse en el cierre de la última Exposición Rural. Esos matices continuaron marcándose más sutilmente aún en oportunidad que se informaran los elevados fictos del precio del ganado precios de junio, fin del ejercicio fiscal agrario y precios en tanto de precrisis con los cuales, los productores que, obligatoriamente deben pagar IRAE en meses de contracción de caja y financiamiento deben calcular sus abultados aportes por diferencia de inventarios. Tampoco se produjo en esta oportunidad la tradicional alharaca reivindicativa.
¿Se corresponde esa insinuación de nueva responsabilidad social que pudiera leerse en el discurso de la ARU con el eventual surgimiento de una nueva camada de dirigentes empresariales comprometidos con la productividad y el cumplimiento de deberes ciudadanos más precisos? ¿Son esos matices o la última precisión comentada raptos aislados, o ellos se alinean en un proceso de regeneración del capital humano que tanto necesita la producción y el país? ¿Se corresponden esas insinuaciones de modernidad con lo que sucede en el resto del contingente de emprendedores del cual tanto dependemos enfrentados a una emergencia de desafíos y oportunidades como la actual? ¿Permeará este tipo de razonabilidad el sistema de representación político? En la edición de ayer, nuestro editorial ponderaba la actitud cívica del Dr. Lacalle en su promesa de no utilizar la crisis para obtener réditos menores. ¿Es posible vincular este tipo de buenas noticias mejorando una matriz de riesgos muy fuertes sobre la cual se decidirá la sustentabilidad y perfeccionamiento de los cambios?
Algunas de las máximas del materialismo dialéctico, utilizadas otrora en el análisis y el armado de las estrategias políticas, mantienen una extraordinaria vigencia. Una de ellas viene al caso y vale la pena examinar lo que sucede desde esa perspectiva de modificación de las relaciones de producción a partir del desarrollo de las fuerzas de producción. Afortunadamente la solución dialéctica de esa transformación ya no tendrá la fastuosidad de una ruptura épica. Pero parece conveniente que, ahora, debamos reexaminar la política desde un análisis más profundo de lo que está sucediendo en la economía y la creación de valor en el Uruguay. Sin trabajar un poco más y abrir la discusión en esas búsquedas, la crónica de palacio es vacía, confusa y desesperante.
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