Más audacia frente a una crisis diferente
En los últimos días ha mejorado el entorno de crisis que amenaza complicarnos la vida y recortarnos la ambición de poder continuar realizando algunos cambios que exigen financiamiento importante y mercados abiertos. En el norte, los bancos centrales y gobiernos operan en términos casi militares, llenando de emisión cualquier zona en la cual puedan detectarse quiebras en la cadena de pagos. En la misma dirección, los reguladores han abandonado las reglas monetarias constitucionales y procuran que la recesión sea lo más corta y llevadera posible pase lo que pase con el resto de los equilibrios. Esos procedimientos, potentes y ahora organizados planetariamente, están logrando diluir la crisis del presente en un futuro de consecuencias imprevisibles. La tasa de interés ha sustituido las armas de la guerra. Saben cómo hacerlo y en pocos meses, seguramente, veremos cómo comienza a estabilizarse un mundo que, sin embargo, ya no será el mismo que habitamos hasta el presente.
En el sur, nosotros intentamos entender lo que sucede, advirtiendo que nuestros reflejos nos impulsan automáticamente a asumir posiciones históricamente defensivas, resignadas, impuestas por el miedo de la costumbre. Como ya hemos sufrido películas similares, una especie de abulia nos ha capturado. La conversación gira en torno a las realidades de los otros, condena los pecados y herejías de los otros, aguarda los movimientos de los otros. La nueva representación de la periferia en los organismos multilaterales se ha desdibujado en esa resignación sorprendida y temerosa.
. No están siendo convocados siquiera los organismos que deben velar por los equilibrios globales. El FMI y el BM o los bancos regionales de desarrollo se limitan a extender créditos ahora con un poco menos de soberbia que en el pasado. Pero no hay en ellos debate, provocación de los países en desarrollo golpeados brutalmente por los desatinos del centro. Ginebra ha enmudecido. No oímos la voz de los nuevos desocupados resonar en el palacio del trabajo, ni surge de los intramuros del castillo de la OMC la mínima advertencia sobre la recreación del peor proteccionismo en el cual comienzan a refugiarse los grandes mercados.
Lo único que parece importar, y sobre lo cual somos inexplicablemente condescendientes, es que Londres nos informe que la Libor ha descendido a sus niveles relativamente normales en el transcurso de la última semana.
Lo que le está sucediendo a la periferia es parte de la crisis. Su escasa beligerancia es funcional con un tipo de salida frente a la cual, el mundo entero corre el riesgo de perder los avances logrados en las últimas décadas. La interrogante es ¿por qué? Y una de las respuestas posibles es: porque aún no hemos comprendido la esencia de la crisis y las oportunidades que se desprenden de operar en esos territorios globales ganados con tanto sacrificio e inteligencia por los pobres del mundo en las últimas décadas.
Nos estamos defendiendo como el niño que golpea a ciegas algo que se mueve y teme pero no deja de seducirlo. Esta crisis es diferente. Las relaciones de producción y alineamientos no se compadecen con las pistas que poseemos para entender y operar en esa crisis. Tampoco es igual la periferia, ni nuestras relaciones son las mismas. Ya lo habíamos advertido en las dos últimas rondas multilaterales del comercio.
Y sobre todo, este Uruguay no es aquel paisito cerrado y estancado, confrontado en la pobreza con riesgos cuyas causas no acertaba a identificar. La historia reciente, especialmente la de esta última década, ha constituido una nueva plataforma desde la cual, todos los orientales honestos le estamos exigiendo a nuestros representantes más ambición en su discusión, más audacia en sus acciones. Hacia adentro y también extramuros.
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