EDITORIAL

Mutis patético de George W. Bush

El final de la era de George W. Bush se puede comparar a un día de agosto de 1974, cuando Richard Nixon tomó un helicóptero en el jardín de la Casa Blanca. Había dimitido como presidente tras la vergonzosa experiencia de Watergate. Al subir a la escalerilla del aparato que lo llevaría a la base de Andrews, Nixon tuvo un gesto de arrogancia e ingenuidad y levantó las manos sonriendo, como signo de misión cumplida. Se teme que Bush haga algo similar y envíe un mensaje de convicción de que ha hecho un buen trabajo.

El cierre traumático del mandato del republicano Nixon sumió al país en un pesimismo difícil de superar. Su sucesor Gerald Ford apenas pudo aplicar el quitamanchas y no tuvo más remedio que entregar el mando al demócrata Jimmy Carter. Pero, por lo menos había en el país un cierto propósito de enmienda y un toque de humildad. El desgraciado golpe que Carter sufrió con la toma de los rehenes de la embajada de Teherán sirvió de trampolín para la captura de la Casa Blanca por el republicano Ronald Reagan.

Entonces, se cimentó el desastre actual con el que se despide Bush. Por una parte, se apostó por la derrota de la Unión Soviética, que se desplomó por agotamiento interno además de la presión armamentista norteamericana. Por otra, se fascinó al electorado con el mito de que lo que convenía era el gobierno mínimo y que la mejor política era la desregulación que ahora le ha estallado en las manos a Bush.

El final exitoso de la Guerra Fría y el surgimiento de Estados Unidos como única superpotencia, sirvieron de base para que tras la transición de la doble presidencia de Clinton, el nuevo inquilino de la Casa Blanca resolviera con el cambio de siglo, en 2000, proceder a un drástico golpe de timón. La excusa vino paradójicamente de los atentados del 11 de setiembre, que dieron pie a los teóricos neoconservadores para ejecutar el plan de hegemonía incuestionable, como natural renacimiento del renacido destino manifiesto.

De tener el mundo en sus manos («Todos somos americanos» decía Le Monde el 12 de setiembre), Bush se lanzó, en un acto suicida, a creer que el que no estaba con él estaba en su contra. Estupefacto, Bush vio como los aparentes aliados se distanciaban de la aventura de Iraq avergonzados por haberse creído la mentira de la existencia de las armas de destrucción masiva.

El resultado fue que, para parafrasear a Churchill, nunca tan pocos hicieron tanto daño a tantos. Esos pocos fueron abandonando el barco como las ratas intuyendo el naufragio. Bush se ha quedado solo con su vicepresidente Dick Cheney y con una Rice inteligentemente enmudecida, celosa de su futuro. El último en arrepentirse ha sido el ex secretario de Estado Colin Powell apoyando a Barack Obama. El aparente bipartidismo norteamericano es ahora un sistema de tres partidos: el de Bush, el de McCain y Palin (que ya parecen pertenecer a dos partidos diferentes) y el de Obama. Nada puede ejemplificar mejor la soledad del presidente que el reclamo de McCain en el último debate: «Yo no soy Bush». Si hubiera podido, lo habría arrestado por traición.

El patetismo del desastre final de la presidencia de Bush se ve ilustrado por el chiste de un humorista de los talk-shows que acaparan la atención de los televidentes, a falta de temas serios. Se cuenta que una noche ya en la recta final de la campaña, la policía de seguridad de la Casa Blanca detecta el intento de un individuo de escalar la verja. Pero, en lugar de penetrar en la residencia, el hombre se afana en abandonar el complejo más protegido del planeta. El guardián, al comprobar perplejo que el supuesto fugado es Bush, le dice: «Señor presidente: no se apresure: todavía le quedan dos meses de alquiler pagado aquí». Más en serio: el legado de Bush se notará. No por sus buenas cualidades.

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