La licuadora silenciosa llamada AFAP

Los gobiernos líderes del sistema neoliberal vacían sus arcas para salvar a los bancos de una crisis sin retorno. En un insospechado viraje al socialismo, Inglaterra primero y Estados Unidos después nacionalizan la banca, aunque utilicen eufemismos para amortiguar el efecto ideológico en un mundo estupefacto y con mucho miedo. El escenario en las principales Bolsas es patético. Los operadores consumen decenas de pastillas para no morirse de un infarto al corazón o a los intestinos. En tanto, los gobiernos de América Latina aseguran que estamos bien posicionados y que podremos enfrentar el tsunami financiero y económico, pese a la globalización de la economía. Empero los datos de que los temblores ya están llegando a las costas marginales (léase países emergentes, como le gustaba decir el Fondo Monetario Internacional) están apareciendo por todos lados, aunque muchos miren para el costado. Es público lo que está pasando en los frigoríficos que mandan cientos de obreros al Seguro de Desempleo, no es menos lo que sucede en la industria del cuero y la bebida, pero nada se dice del desfalco que se viene registrando silenciosamente en las AFAP (invento perverso si los hay), en las cuales se están licuando los dineros de los ahorristas sin el más mínimo asco ni pudor.

La cuestión pasa por salvar, hasta que se pueda, los sueldos de unos pocos ejecutivos a costa de los ahorros de miles de trabajadores que fueron obligados o engañados a afiliarse al sistema. Un hombre de 59 años, con su trámite jubilatorio prácticamente concluido, dio la voz de alarma a sus amigos: «República AFAP me sacó de mi cuenta personal 100 mil pesos (cien mil) en un mes y cuatro días. Estoy desesperado porque justo hace dos meses pedí la desafiliación».

Uno de los amigos decidió llamar al 0800 2888 y se hizo pasar por el hombre de 59 años, con su anuencia claro, porque este de números poco entendía. Dejó «manos libres» en el teléfono y todos escucharon la explicación del ejecutivo de cuentas. Con voz segura el ejecutivo comentó que «lo que está pasando es normal, porque estamos con rentabilidad negativa, como todas las AFAP, algunas en peor situación».

El amigo del desvalido le respondió que «nunca había escuchado la expresión de rentabilidad negativa, que para él era rentabilidad a secas, o pérdida, y agregó, la rentabilidad no es otra cosa que «el resultado del proceso productivo». Diccionario Enciclopédico Salvat. Si este resultado es positivo, la empresa gana dinero (utilidad) y ha cumplido su objetivo. Si este resultado es negativo, el producto en cuestión está dando pérdida por lo que es necesario revisar las estrategias y en caso de que no se pueda implementar ningún correctivo, el producto debe ser descontinuado».

A continuación el avispado amigo del ahorrista desplumado recordó que un ejecutivo de General Motors afirmó: «Estamos en el negocio de hacer dinero, no automóviles», estaba equivocado. Una empresa hace dinero y por ende es rentable, satisfaciendo las necesidades de sus consumidores mejor que la competencia. La experiencia de las empresas orientadas a la calidad es que, un producto de calidad superior y con integridad en los negocios, las utilidades, la participación de mercado y el crecimiento vendrán por añadidura». El ejecutivo de AFAP República empezó a hacer gárgaras. De sus labios salían palabras que ni siquiera él entendía, y pretendía explicar lo inexplicable, mientras la rueda de amigos contenía la carcajada. El ahorrista, sin embargo, ni sonreía.

Para rematar lanzó una frase menos creíble que los dichos de Bush: «Hay que esperar que el mercado se estabilice y usted va a ver que recupera su dinero». El amigo del ahorrista se enfadó «si usted me sigue sacando 7 mil pesos por día de la cuenta, en dos meses no tengo un peso y hasta el capital aportado por mí se va a licuar. ¿Acaso usted piensa que en dos meses el mundo entero se va a recomponer de esta catástrofe?». «Bueno, hay que esperar, las bolsas están muy volátiles», masculló el ejecutivo. «Déjese de joder», respondió el amigo del casi sesentón y colgó el teléfono.

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