Participación y democracia interna
Desde su creación en 1971, el Frente Amplio se caracterizó por dar a su militancia una intensa participación. Los comités de base fueron el ámbito adecuado para desarrollar la participación de los ciudadanos así como acciones de militancia caras a las fuerzas de izquierda. Cierto es que ese fervor militante ha venido sufriendo un proceso de desdibujamiento, y la participación ciudadana a través de los comités de base fue mermando de manera clara. No obstante, es sin duda la coalición de izquierdas el conglomerado político uruguayo que más promueve la militancia y la participación, en oposición a los partidos tradicionales cuyas estructuras anquilosadas impiden la dinámica participativa de sus adherentes.
El año 2007, sin embargo, vio un renacer de la democracia interna en las colectividades tradicionales. Primero fue el Partido Nacional, cuya convocatoria a sus adherentes a manifestarse en las urnas tuvo un eco inesperado logrando guarismos importantes de electores. Luego fue el Partido de Rivera el que, sorprendiendo a los observadores y analistas, consiguió también una alta participación en una convocatoria a los jóvenes colorados para elegir autoridades.
Hemos sostenido desde esta página la importancia de esas dos instancias que lograron sacudir en cierto modo la modorra tradicional y que, si las autoridades partidarias saben canalizar correctamente esa tendencia, pueden significar el punto de partida para la tan necesaria renovación.
En lo que tiene que ver con el Frente Amplio, como es ya tradicional, convocó a elecciones internas y procedió a convocar a los órganos partidarios.
Sin embargo, a diferencia de los partidos Nacional y Colorado, que aparentemente salieron fortalecidos de las instancias de democracia interna y cuyos dirigentes no ocultan su satisfacción por el hecho, la participación de la militancia frentista ha dejado bastante que desear; y fundamentalmente, la participación juvenil no está teniendo la incidencia de otrora. Analistas, politólogos, cuadros y militantes de base (amén de algunos connotados dirigentes) coinciden en que la última instancia electoral desnudó una crisis interna que hasta ahora no había aflorado con tanta nitidez.
Se volvió a cuestionar la representatividad del congreso (y en general de todas las instancias de gobierno de esa fuerza política) por no reflejar fielmente el caudal electoral de cada sector o grupo. Se cuestiona, una vez más, el consenso como medio idóneo de tomar decisiones importantes, al mismo tiempo que se pone en tela de juicio el requisito de mayorías especiales para otras decisiones. Los analistas parecen estar de acuerdo en que esos mecanismos ya tradicionales del Frente Amplio operan como un obstáculo para la dinámica de la fuerza política y, en definitiva, conspiran contra la expresión verdaderamente democrática de sus adherentes.
Todas estas consideraciones han cobrado una singular actualidad por estos días, cuando la definición de las candidaturas está sujeta a lo que se decida en el próximo Congreso frentista. El consenso como medio idóneo para tomar decisiones de trascendencia sigue manteniendo un inocultable prestigio, y es así que tienen lugar febriles gestiones para llegar a acuerdos antes de la instancia del Congreso. Sin embargo, a poco que se analice la cuestión, se advierte que el famoso consenso no promueve la participación ciudadana y sí prioriza las decisiones de cúpula, una práctica que no valora demasiado la participación popular y que muestra falta de confianza en la democracia.
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