El compañero Héctor
Por segunda vez leo una llamada referida a Héctor Rodríguez (jueves 9, página 8). Los disparates que allí se dicen son más grandes que el Palacio Salvo. Basta leer las primeras líneas para advertir que el autor no tiene la más remota noción del tema. Decir que «Héctor Rodríguez integró la dirección más estrecha hasta que fue expulsado del PCU junto con Eugenio Gómez y su hijo» es hacer gala de una ignorancia supina, porque Héctor fue expulsado del PCU precisamente por Eugenio Gómez, cuando éste desempeñaba la secretaría general. El papel aguanta cualquier cosa, pero todo tiene un límite. Este despropósito es digno del Diccionario del Disparate de Peloduro.
Yo conocí a Héctor en la campaña electoral de 1946 y tuve contacto con él hasta el día de su muerte. Salvo el período que él estaba en la cárcel y yo en el exilio. Tuve por él un profundo afecto por sus cualidades humanas, y entre nosotros se estableció una corriente de amistad sobre la base de la franqueza total en el intercambio de opiniones. Esa corriente no se interrumpió cuando él quedó fuera del Partido, en 1951. Eso no era habitual, pero sucedió. Él había sido mi primer jefe como secretario de la Comisión Nacional de Propaganda, cargo que desempeñó durante un período junto con sus tareas como diputado y miembro del Comité Ejecutivo, al tiempo que mantenía sus vínculos con el gremio textil, una constante de toda su vida. Las elecciones se sellaron con notable éxito: cinco diputados (Arismendi, Richero, Enrique Rodríguez y el propio Héctor, más Carlos Leone por Canelones) y Julia Arévalo en el Senado. En su desempeño como diputado, además de promover las reivindicaciones obreras, recuerdo su intervención sobre la lucha por la paz mundial en el curso de la interpelación de Rodney Arismendi a los ministros de Relaciones Exteriores y de Defensa Nacional, sobre el Plan Truman de militarización continental y su famoso Punto IV. A propósito, elaboramos juntos una doble página de Justicia y a la distancia recuerdo todavía su título: «Nuestra doctrina alumbra un camino de victoria en la lucha por la paz».
Un par de años después comenzaron a generarse una serie de episodios traumáticos en la vida interna del PCU, a los cuales se alude en forma torcida en la llamada de referencia. Eugenio Gómez desarrolló una crítica destructiva contra un conjunto de compañeros de la dirección (como Enrique y Héctor Rodríguez, además de Alberto Suárez), desplazó de la Secretaría de Organización a Antonio Richero y colocó en su lugar a su hijo Eugenio Gómez Chiribao. La elección del 26 de noviembre de 1950 es un desastre para el Partido: su votación cae de 32 mil votos a 19 mil, pasa de cinco diputados a dos y pierde la banca del Senado. La lucha interna recrudece. Héctor Rodríguez critica la labor de la dirección. Primero es separado del Comité Ejecutivo (enero 1951), luego de todos los cargos en el Partido (en mayo, junto con Richero) y al mes siguiente llega la expulsión lisa y llana. Esto repercute en el plano sindical: en una tumultuosa asamblea en el Boston (Yacaré y Piedras) el 17 de junio, la UOT se desafilia de la central obrera UGT, en cuyo nombre habló Enrique Rodríguez. Héctor vuelve a la industria textil.
En ese período yo lo seguía viendo, a menudo en su casa de la calle Carmelo, en la 12ª. Antes, cuando trabajábamos en la Comisión de Propaganda, cayó enfermo por algunas semanas, y nos reuníamos a veces por la tarde en ese lugar. Licha apreciaba mucho unos bizcochitos con amapola que yo llevaba, hechos por mi madre en la panadería, y años después siempre me preguntaba por los «kijalej» (su nombre en idisch). Después sobrevino un acontecimiento fundamental: el XVI Congreso del PCU, en setiembre de 1955, que cambió la línea política y la dirección, y toda la vida interna del PCU. Gómez y su hijo quedaron fuera, prácticamente solos.
Junto a los cambios promovidos por Arismendi y la nueva dirección, se formuló un llamado público a reingresar al Partido, con todos sus derechos como militantes, a todos aquellos que habían sido excluidos en circunstancias anormales en el período anterior. Al respecto se publicó un trabajo especial de Arismendi en la revista Estudios (existe un CD de toda la colección editado por la Fundación que lleva su nombre). La casi totalidad de los camaradas afectados reingresaron de inmediato. Héctor fue entrevistado al respecto por el propio Arismendi en la sede central de Sierra 1720. Puso tres condiciones para reincorporarse, quedó con el compromiso de analizar la actividad ulterior del Partido, y no reingresó. Todos los detalles pueden leerse en el libro «El Tejedor», del Ñato Fernández Huidobro, páginas 176 a 180. (Tengo discrepancias variadas con este libro por los aditamentos que intercala el autor y su interpretación, y por su estructura a menudo confusa).
Este tema, como se comprenderá, lo analizamos muchas veces a lo largo de los años con Héctor. Con calma, reflexivamente. Porque él siguió siempre con dedicación la trayectoria del PCU y del movimiento comunista, en el marco de los problemas mundiales y con particular atención sobre América Latina. Eso lo conmovía hasta las entrañas, estaba arraigado en lo más profundo de su ser. Creo que nunca dejó de ser comunista, en su concepción de la vida y del mundo. Esa conciencia y esa energía la canalizó en una labor de notable eficacia en el proceso de unidad de la izquierda, de la forja del Frente Amplio y de su consolidación sistemática, ajena a todo sectarismo y estrechez. Con las armas de la acción política y de un periodismo de alto nivel.
En esos años, antes de la división del PCU, siempre me preguntaba por su situación interna. Le hice un reportaje extenso para La Hora Popular sobre los problemas mundiales. Venía a menudo a casa y se llevaba uno tras otro los últimos tomos de mi colección completa de Lenin (y los devolvía). Cuando se presentó el libro del Ñato, en diciembre 1995, me puso esta dedicatoria: «Niko: años juntos, años en discusión, años necesarios para enterrar la explotación capitalista».
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