EDITORIAL

Demanda de razonabilidad

» Es difícil evitar la sensación que la respuesta inicial de Mr. Paulson estuvo distorsionada por la ideología», dijo en su columna del NYT de ayer, Paul Krugman, el laureado premio Nobel de Economía afectado a la ciclópea tarea de improvisar desde la prensa escrita lo que los gobiernos y reguladores no están siendo capaces de hacer: explicar, convocar, enseñar, reunir.

En momentos cómo el presente, la afirmación de Krugman debe ser leída con atención y cuidado por los uruguayos, aún lejanos de un diagnóstico profesional, de comprensión social y, esencialmente de utilidad para la adopción de las mejores decisiones.

La columna de Krugman mantiene el perfil crítico sobre el belicismo y la economía política de la administración Bush que la caracteriza. Empero, hay en ese señalamiento del defecto de la intolerancia, la ortodoxia económica y la sobre recurrencia a lo ideológico, la advertencia de un desvío de realidad.

Los medios que tenemos algo más que una sensibilidad de izquierda como LA REPUBLICA estamos intentando aproximarnos a la verdad como requisito ya no del poder sino de la administración de las realidades complejas en las que trabajamos. En Uruguay somos tomadores de información y datos que definen escenarios sobre los cuales, luego, el gobierno nacional debe elaborar un diagnóstico de cómo se articula ese nuevo mundo de la poscrisis con el desarrollo de un proyecto nacional. El cual, además, está siendo exigido por test que, hasta ahora, no habían puesto a prueba ninguno de esos activos que los uruguayos nos ufanamos de poseer. Esa aproximación a la verdad, o al diagnóstico correcto de la crisis y sus alternativas de salida no es sencilla.

De allí que nos reclamemos pluralismo, profesionalidad, exigencias mayores, flexibilidad y empeño por difundir un amplio espectro de opinión y análisis nacional o internacional acerca de lo que sucede y cómo pudiéramos defendernos mejor o, eventualmente, utilizar algunas de las oportunidades que estos cimbronazos globales presuponen.

Eso nos habilita para exigir también, otra tensión y profesionalidad tanto a nivel de los diagnósticos oficiales como corporativos respecto a lo que está sucediendo. En ese sentido, no podemos menos que reconocer que uno de esos activos, la razonabilidad social que diferencia a Uruguay del resto de los países latinoamericanos no está respondiendo al nivel exigido en esos test oportunos. Quizás sea pertinente una pregunta previa ¿es que los liderazgos de unos y otros están exigiendo esa responsabilidad? ¿Están intentando utilizar esos activos? ¿Saben de su existencia? ¿Los ponderan? Sea así o no, tenemos la sensación de que el país está lejos de haber completado una reconciliación mínima capaz de habilitarlo para anticiparse, prever los riesgos y gestionar con anticipación las crisis sin que ellas deban ser, luego, las que corrigen con elevados costos las omisiones previas.

No importa demasiado ejemplificar las intersecciones en las cuales deberíamos procurar un diálogo más urgido de verdad y respuestas nacionales de fuerte contenido profesional frente a la crisis. Son obvias: la negociación colectiva; la discusión legislativa sobre temas específicamente vinculados con la generación de confianza, como la que se observó en el Senado el lunes pasado o se reproducirá hoy en la comisión administrativa que trata las venias del Directorio del BCU; o la propia apertura a una discusión de otro orden, en lo que refiere al proyecto de Ley de Educación u otros esenciales.

Apelemos a esos activos de razón y demanda de verdad con más audacia. Seamos en esto más intransigentes. Ese es el único blindaje y vía de refundación de la confianza en la Nación. 0

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