La violencia instalada en la sociedad
Por lo general, cuando se habla de los años sesenta y setenta, hay una tendencia a caracterizar esa época como de violencia sin control. Es cierto que por entonces la sociedad y la clase política aparecían polarizadas en posturas radicales que llevaron a enfrentamientos entre trabajadores y estudiantes por un lado y las fuerzas represivas por otro; no se puede negar que se asistía a una espiral de violencia que parecía no tener fin y que llegó a su punto culminante con el terrorismo de estado bajo el régimen cívico-militar.
Desde el fin de la dictadura y el retorno a la normalidad institucional, el relacionamiento entre los distintos actores sociales y políticos se sustentó sobre bases civilizadas, de respeto y tolerancia. Los grupos insurgentes de los años sesenta fueron lentamente integrándose al sistema y abandonaron las vías violentas que otrora habían abrazado. Al mismo tiempo, desde el Estado (por más que se hayan sucedido hasta 2005 gobiernos conservadores) se abandonaron las prácticas de represión violenta del descontento popular. Al respecto cabe acotar que los «sucesos del Filtro» constituyeron un episodio aislado de violencia callejera; del mismo modo que las manifestaciones anti-estadounidenses convocadas por pequeños grupos ultra, que buscan enfrentamientos violentos con las fuerzas del orden, no tienen eco en la sociedad.
En conclusión, puede afirmarse que la violencia política ha sido desterrada de los hábitos de nuestra sociedad. Sin embargo, la agresividad y los comportamientos violentos han encontrado otras vías de manifestarse, y es así que a diario la crónica nos informa de hechos particularmente violentos que se producen en el seno de la sociedad y entre sus integrantes. No nos referimos solamente al fenómeno del incremento de la actividad delictiva, que también revela formas de violencia que otrora no se registraban y que hoy son moneda corriente.
Estamos hablando de hechos que ocurren casi diariamente y que tienen que ver con casos de violencia doméstica sea entre cónyuges o contra los niños–, con ajustes de cuentas, o con desavenencias menores. En fin, se tiene la impresión de que la violencia se ha instalado definitivamente en nuestra sociedad y está presente en la forma de relacionamiento entre sus miembros. Ultimamente, hemos visto con alarma varios casos que deben movernos a reflexión. Un estudiante del Liceo de La Teja llevó un arma de fuego al establecimiento de enseñanza como forma de defenderse de burlas y agresiones sufridas de parte de sus condiscípulos; dos menores de diez años causaron destrozos en un liceo de Durazno; un grupo de padres de alumnos de una escuela pública del departamento de Canelones resolvieron ocupar el centro educativo, en reclamo de solución al problema que presenta un grupo de escolares cuyo comportamiento violento tiene atemorizados a los otros chicos. Todavía está fresco el recuerdo de la liceal que recibió un balazo de un condiscípulo cuyas secuelas no han desaparecido aún.
Son todos síntomas de que algo no anda bien en nuestra sociedad. Y todos debemos admitir nuestra responsabilidad en mayor o menor grado en el deterioro del entramado social y en el menosprecio que sienten los jóvenes por los valores que no hace mucho tiempo aparecían como incuestionables.
Aunque no nos guste, debemos reconocer que tienen razón algunos líderes de la derecha cuando señalan el descaecimiento del principio de autoridad. Movidos por impulsos pedagógicos trasnochados (por más que estuvieran inspirados en consignas seductoras), hemos renunciado a poner límites a niños y jóvenes sin advertir que todos ellos necesitan límites y que no hay educación posible sin que se impongan normas, parámetros, valores.
La reforma educativa deberá tener en cuenta estas reflexiones de modo de poder dar un viraje significativo y erradicar la violencia y la agresividad de nuestra forma de relacionarnos.
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