EDITORIAL

Por una integración regional más sólida

Una vez derrotado Artigas ­y con él su proyecto federal y latinoamericanista­ los hábiles manejos de la diplomacia inglesa habilitaron la solución definitiva de proceder a una secesión y convertir a la Provincia Oriental o Cisplatina en el Estado Oriental, independiente de la Confederación Argentina y del Imperio del Brasil.

A partir de entonces y durante varios decenios, el país debió sufrir la injerencia prepotente de sus dos vecinos. Con el paso del tiempo se apaciguaron las pretensiones imperiales, pero Uruguay quedó definitivamente condenado a asumir su papel de país chico debiendo soportar presiones de ambos vecinos; baste recordar la tesis argentina de las fronteras secas o las amenazas brasileñas a partir del golpe de Castelo Branco y hasta el golpe de Bordaberry.

La creación del Mercosur, a comienzos de los años noventa, pareció revivir el sueño de la Patria Grande, pero bastaron pocos años para que el bloque empezara a mostrar debilidades debidas a las notorias asimetrías existentes.

Hoy, a 17 años de su nacimiento, el acuerdo regional no ha logrado avances significativos. Y lo que más sorprende es que las desavenencias y los motivos de roces y conflictos se intensifican cuando en Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia y Venezuela tenemos gobiernos de neto corte progresista; una situación impensable unos años atrás.

Es ya un lugar común decir que el Mercosur así como está no es la herramienta idónea para lograr una óptima integración regional; lo ha dicho el presidente Vázquez, quien no pierde oportunidad de declarar la necesidad de fortalecer el Mercosur, de reformularlo sobre otras bases.

Salvo algunas voces aisladas que preconizan directamente el abandono del bloque, los dirigentes políticos de todos los partidos coinciden –con matices– en la necesidad de mejorar el acuerdo, de limar las asperezas y los motivos de fricción entre sus miembros, de modo que el bloque beneficie a todos y sea una verdadera alternativa a los afanes imperiales.

Sobre el propósito de mejorar el Mercosur no parece haber discrepancias. Las hay a la hora de determinar cuáles son los pasos a seguir en pos de esa mejora o de esa reformulación. Todo acuerdo o negociación implica, necesariamente, concesiones recíprocas. Esto, que parece tan elemental, no es tenido en cuenta por los dos grandes, que no están dispuestos a resignar sus ambiciones.

Debemos seguir bregando por el bloque regional, por ampliarlo y mejorarlo para hacerlo más equitativo. Pero corresponde a Buenos Aires y a Brasilia dar señales positivas en ese sentido y mostrar su disposición a ceder en lo que es justo.

El miércoles pasado estuvo en Montevideo, en el marco de un ciclo de seminarios sobre integración, el gobernador de la Provincia de Santa Fe, Argentina, doctor Hermes Binner. A lo largo de toda su exposición, hizo hincapié en la necesidad de profundizar la integración regional, para lo cual es preciso que los países integrantes del bloque cuenten con solidez institucional y con políticas de inclusión social y de pleno ejercicio de la democracia participativa. Afirmó, incluso, que el conflicto que enfrentó a Uruguay y Argentina por la planta de pasta de celulosa no habría llegado a los extremos que llegó si el bloque regional hubiera dispuesto de instrumentos adecuados proporcionados por una institucionalidad mejor.

He ahí el gran desafío que enfrentan los gobiernos progresistas de la región, para que la integración no se limite a eliminar barreras aduaneras y a que las transnacionales hagan buenos negocios, sino a promover la inclusión social y el trabajo digno de nuestra gente.

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