"Fin de fiesta"

Esta escritura a sangre fría que circulará por el relato acompañándolo a cada instante y con una lógica que permita el develamiento preciso de poder manifestar que estamos instalados en la era de la levedad: todo liviano, ligero y sin calorías. Este es el estado de cosas que intenta totalizar desde las estructuras políticas nuestro modo de vida. Estamos en el final de una civilización, en el tan ansiado «fin de fiesta». Todo me lleva a pensar en la Historia de Roma, «eterno retorno» de lo que creímos perdido, atravesamos un tiempo pertinente que me lleva a no dudar de la similitud de procesos y fines. Pos-postmodernismo para unos, era post-psicológica para otros o pos-tecnológica, post, neos, contras, en fin, lenguajes alternativos para un milenio alternativo. En el mundo de las ideas y su reflejo en el comportamiento de los hombres, se ha producido un cambio sensible, que es lo que pretendo analizar ahora. Las dos notas más peculiares son, desde mi punto de vista, el hedonismo y la permisividad sin rumbo. Ambos están enhebrados por un materialismo ilusorio, que pone en primer plano de la conducta el dinero, el goce estético, el bienestar, el nivel de vida, el éxito.

Vivir hoy y ahora

Buscando el goce ávidamente y el intento de lograr originalidad donde ya no queda nada, sin ninguna finalidad concreta. La ética hedonista tiene un código: la permisividad. Entre ellas se establecen relaciones muy cercanas. Estos son los dos nuevos pilares que vertebran la vida de los hombres de hoy. La vida contemplada como un goce ilimitado, no dejando que las conciencias actúen.

En consecuencia, el relato de nuestra vida es el «saldo de una causa» que intentamos dar a conocer, del pensamiento que servimos, de la autoridad que justifica nuestros actos, y que hoy no puede ser dicho ni siquiera meditado, instancia a la que se llegó en función de múltiples estrategias en servicio de aniquilar el pensamiento y el acto creativo, signos puntuales de nuestra condición de ser. El consumo es un eyector fundamental en el accionar de la rutina de este pobre ser humano del tercer milenio, fuerte raíz, sumándose a cuanto vende una publicidad masiva y ofertas a repetición de cualquier cosa, que crea ansiedad, angustia y sobre todo necesidades que no son tales. Objetos cada vez más sofisticadamente estúpidos, que invitan a la pendiente del deseo impulsivo de comprar. Un hombre que ha entrado por esa vía se va volviendo cada vez más débil, superfluo e inútil.

Revolución sin finalidad

y sin programa

Sin vencedores ni vencidos. Todo fácil, sin problemas aparentes y haciéndolo extensivo a nuestros niños cada día más supeditados a costumbres triviales y ajenas devenidas en Halloween Day, el Film de moda, Partys diarios por cualquier motivo, lenguajes acotados pero que deben utilizarse , el colegio al que tienen que asistir, «divertimentos» importados de cualquier latitud, nuevas costumbres y hábitos que a toda costa deben formar parte de la vida de la familia tipo del nuevo milenio, que siente pánico de no cumplir con los ritos que les van a dar el «Ticket» de acceso al Club de la «Pertenencia» y la «Nueva Mirada»: la mirada escalonada, la mirada segmentada, la mirada discontinua, miradas en el vacío y miradas flotantes y entre todas esas miradas, la mirada que convoca a «la dialéctica de la soledad» propuesta con la venia de los poderes políticos, desde hace décadas.

Y así se llega a una especie de ¿qué más da? Todo es relativo y «divertido»…además de patético. En este panorama de envoltorios vacíos, el hombre fracasa de acuerdo a su imposibilidad de ser feliz: no llegando a encontrar la intensidad común a sí mismos. Enervado por la violencia silenciosa pautada desde el poder, asediado por los clics que deben esgrimir en sus rutinas, objetivamente debilitado en la economía interna del espectáculo: se derrumba, se hunde, se disuelve, se disipa: ¿Sucede que alguna cosa ha muerto? Se habla de libertad, de derechos humanos, de ir consiguiendo una sociedad más justa, abierta y libre. Se defiende a ultranza esto por una parte. Y por otra, se instala los que por supuesto pautaron este «mundo feliz» un «locus» desde donde esgrimir dialécticas legítimas pero inútiles ante la celeridad de los acontecimientos que hacen que cualquier manifiesto quede fuera de juego y carezca de vigencia y valor. Un hombre así, hedonista, permisivo, consumista y centrado en estado de hipnosis, creo no tiene buen pronóstico en la medida en que los miles de años de historia humana tengan razón de ser, de no ser así creo que mi discurso realmente está fuera de tiempo y espacio, por lo tanto dedicaré mis momentos a celebrar orgonásticamente a Wilhelm Reich, siguiendo mis maneras en lo que hace a la resistencia sexual, eclectizando datos: tantrismo, zen, karezza, imzák, coitus reservatus…atento a la experiencia de devenir cosa: pasando de las nociones de liberación, descarga pulsional, a las de ternura, prudencia, conservación y accionar estoicamente.

Hambrientos de verdad

y amor auténticos

Se produce así una indiferencia por saturación de contradicciones. No le preocupa la justicia, ni los viejos temas de los existencialistas (Kierkegaard, Heidegger, Sartre, Camus…), ni los problemas sociales, ni los grandes temas del pensamiento (la libertad, la verdad, el sufrimiento…) Ya no lee el Ulises de Joyce, ni «En busca del tiempo perdido», de Marcel Proust, ni las adorables novelas de Herman Hesse. Un hombre así es cada vez más vulnerable. No hace pie y quizás se hunda en el océano de la destrucción. ¿ Es necesario intentar modificar el rumbo?. Se ha vuelto viejo: sin proyectos atractivos ni felices. Debemos saber que el progreso material por sí solo, no colma las aspiraciones mas esenciales del hombre y éste se encuentra hoy hambriento de verdad y de amor auténticos. La felicidad como la verdad radica en su búsqueda como me lo me lo han dicho de niño y lo he comprobado en el camino recorrido a lo largo y ancho de mi vida, con placer, dolor, alegría, paz , dudas y deseo, sí deseo de lo nuevo luchando por un mundo que nos contenga a todos al margen de diferencias neos y contras, en fin, con todo lo que hace tener sentido a todo lo que tiene de maravilloso, feliz y nítido la aventura humana, y que, a no dudarlo, servirá de referente a la imaginación y vida de nuestros herederos, para que no permanezcan anquilosados en la mera piel de las apariencias sensibles, y puedan caminar a instancias trascendentes, que logren hacer que «el hombre de hoy sea superado», recuperando la unidad de cuerpo y doble, rearmando la mentalidad estoica: la invitación a soportar tiene que ser un motivo recurrente en la ética, que acompañe con la voluntad de llevar a término la finalidad asumida a pesar de todas las dificultades.

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