El discreto encanto del centro
El bipartidismo tradicional de la política uruguaya empezó a resquebrajarse a partir del surgimiento del Frente Amplio en 1971. Luego de la dictadura, la fuerza de izquierda exhibió un crecimiento sostenido que no se ha detenido hasta hoy.
Surgida como una modesta alternativa a la oferta electoral de blancos y colorados, la coalición progresista quebró definitivamente el predominio de los partidos históricos (enconados adversarios tradicionales pero sin diferencias sustanciales) hasta que, en la elección de 1994, el electorado quedó dividido prácticamente en tercios. Pero el proceso de crecimiento de las fuerzas progresistas no se detuvo y, en la siguiente elección, la de 1999, el Frente Amplio resultó la fuerza más votada que no pudo acceder al gobierno merced a la reforma electoral que introdujo el balotaje, lo que permitió que blancos y colorados sumaran votos para derrotar al Frente en la segunda vuelta.
Así llegamos a la elección de 2004, en la que la izquierda prosiguió su proceso de crecimiento, obtuvo la mayoría absoluta y ganó el gobierno en la primera vuelta. A partir de entonces, el electorado no se mostró dividido en tercios sino que se produjo una vuelta al bipartidismo, pero no al bipartidismo tradicional en que los partidos históricos se repartían el 80 por ciento de los votos, sino a una situación en que dos fuerzas verdaderamente opuestas obtenían cada una el 50 por ciento de apoyo electoral.
Una de ellas conformada por los dos partidos tradicionales cuyas rivalidades históricas fueron rápidamente dejadas de lado se presentaba como el partido del status quo, representante del conservadurismo; la otra, el Frente Amplio, como la fuerza del cambio. Este hecho se debe en parte también a la reforma electoral que instauró la candidatura única por lema electoral. De ese modo, las colectividades tradicionales ya no pudieron ofrecer opciones de distinto signo ideológico; dejaron de ser paraguas bajo los cuales se albergaban propuestas tan diferentes y encontradas como las de Wilson Ferreira y Aguerrondo o las de Bordaberry y Flores Mora. Es así que se verificó una «derechización» de ambos partidos frente a la propuesta progresista de la coalición de izquierdas. Porque, si bien el nacionalismo y el coloradismo aún albergan sectores menos conservadores, su oferta política sigue siendo conservadora.
Ahora bien, el hecho curioso es que ninguno de los sectores de los partidos tradicionales se proclama de derecha: todos pretenden ocupar el centro (o incluso el centro izquierda) del espectro político; Hierro López ha dicho que «el cerno ideológico del batllismo es el centro izquierda», y Juan Andrés Ramírez se considera el «puntero izquierdo» del nacionalismo.
Más curioso aún es que también la coalición de izquierda se declara próxima al centro. Basta ver los resultados de las encuestas, que muestran el liderazgo indiscutible de Astori y de Mujica, dos representantes de una izquierda moderada. Nos consta que, dentro del MPP, hay posturas radicales más cercanas a las del Partido Comunista, pero es innegable que la popularidad de Mujica no se debe a un radicalismo clásico sino a su estilo llano, campechano, tolerante, abierto, preocupado por los problemas de los pobres, sí, pero también por las dificultades de la pequeña burguesía rural y urbana.
Parece claro que los dirigentes políticos han percibido que los uruguayos rechazan los extremos y se inclinan más bien por las posturas moderadas, eclécticas casi, que ofrecen programas de corte socialdemócrata.
Estamos en una época de indiscutible prestigio del centro.
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