Sobre la delincuencia infantil
Una realidad dolorosa y brutal vino a golpear nuevamente a la sociedad uruguaya. Nos referimos al caso del niño de 12 años que asaltó varios ómnibus a punta de pistola y que fue detenido hace pocos días e internado en una dependencia del INAU.
Cual si se tratara de una obra de ficción en la que el autor se propone mostrar una realidad por medio de la peripecia de sus personajes, asistimos a la concreción en hechos y en personajes reales de las elucubraciones más o menos abstractas de sociólogos y psicólogos sociales. Nos han hablado de fractura social, de pauperización, de rotura del tejido social, de marginación, de pérdida de valores, de deserción escolar, de dependencia de sustancias psicoactivas, etcétera, etcétera. Pues bien, el desdichado jovencito que hoy acapara la atención de las autoridades, de los medios y de la población en general, encarna en su tragedia vital todo ese cúmulo de males sociales.
De acuerdo con lo que se ha informado por parte de autoridades y técnicos, el niño vive en un hogar cuyo jefe es su madre, separada del padre del chico, y con otros cinco hijos a su cargo. Es empleada doméstica, su jornada laboral le insume demasiado tiempo como para ocuparse seriamente de la crianza, cuidado y educación de los niños; el mayor de ellos se halla internado en una dependencia del INAU por haber cometido rapiñas. Ha trascendido, asimismo, que el niño comenzó a delinquir hace un año, aproximadamente, hecho que no debería asombrar dada la situación familiar descripta, en la que la madre ha reconocido sentirse desbordada. Por supuesto que antes de comenzar su actividad delictiva, ya había desertado del sistema educativo, lo que lo llevó al vagabundeo en compañía de su hermano mayor; de ahí a pequeños robos y, posteriormente, a la rapiña a mano armada exhibiendo una peligrosidad escalofriante. La sensación de estar desbordada que percibe la madre probablemente la llevó a aceptar casi con naturalidad que su hijo aportara al hogar el producto de sus incursiones delictivas, así como el hecho de que anduviera armado.
Estamos ante un caso claro de descaecimiento de los valores que ha llevado a la total ausencia de los mismos; esto, a su vez, explica la frialdad que exhibe el niño cuando reconoce estar dispuesto a usar su arma si las circunstancias lo ameritan. A pesar de que afirma mantener una buena relación con sus padres, los psicólogos del INAU han detectado un trastorno de la personalidad un problema psiquiátrico que obedecería no a un problema hereditario sino a una disfunción familiar. Por otra parte, también han llegado a la conclusión de que ha habido una falla institucional por cuanto la situación del niño no fue advertida en la escuela a la que debía concurrir. Todo este terrible drama ha adquirido notoriedad en razón de la edad del joven infractor, pues no es habitual que un niño de tan pocos años se involucre en hechos delictivos tan graves como la rapiña. Esa circunstancia lo torna especialmente peligroso no solamente para los omnibuseros y usuarios del transporte colectivo sino para consigo mismo. Por eso ha sido acertada la respuesta del INAU y del magistrado interviniente, que resolvieron mantenerlo internado. Un menor con esas características no puede sensatamente ser entregado a sus padres pues estos han demostrado no estar en condiciones de contenerlo debidamente.
Este hecho doloroso nos ha conmocionado a todos pues reviste características especiales. Pero cabe preguntarse cuántos casos similares puede haber en Montevideo y en todo el país; cuántos hogares de características parecidas albergan a futuros infractores; cuántos jóvenes que abandonan la escuela han de seguir el camino del niño rapiñero. Esto demuestra que las medidas represivas no alcanzan para proteger a la sociedad. Es preciso actuar ya sobre esa realidad cruel, ese caldo de cultivo ideal para la generación y reproducción de delincuencia.
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