El muro de Wall Street
Oíamos ayer al senador Harry Reid, líder de la mayoría demócrata en el Congreso (representa a Nevada, uno de los estados más afectados por la debacle hipotecaria) y al senador republicano Christopher Dodd, presidente de la Comisión de Asuntos Bancarios que analiza la crisis financiera. La conclusión primaria es que las presiones ejercidas por el presidente Bush al reunirse con McCain y Obama, más los líderes bipartidarios, no dieron resultado. Ayer las renovó, pero sin duda el gigantesco cheque en blanco que reclama sufrirá dilaciones y modificaciones.
Se deduce de las declaraciones citadas que el equipo enviado por la Casa Blanca para colaborar con los legisladores no ayuda a concretar una solución, al contrario. El propio McCain quiso intervenir en el tema y eso tampoco contribuyó, al contrario. Obama planteó cuatro principios a los que debería atenerse el rescate, entre ellos los sueldos de los directivos y los intereses de las familias. Aparecieron en danza las retribuciones principescas que perciben en todos los casos los ejecutivos de las empresas quebradas, algo que habrá que reglamentar y cambiar. En una metáfora literaria se sostuvo que hay que salvar no sólo a Wall Street, sino también a Main Street, o sea a la gente común y corriente. Main Street es una obra del gran novelista norteamericano Sinclair Lewis, traducida como Calle Mayor, que describe la vida sin horizontes de los habitantes de un pequeño pueblo.
Por añadidura, ayer mismo sobrevino otra quiebra estruendosa, la de la Compañía Washington Mutual, la primera de ahorro y crédito, que fue malbaratada y adquirida por el Banco JP Morgan tras haber soportado enormes pérdidas por los créditos hipotecarios. Se comentó que era la mayor quiebra del mundo, y que hay otras en lista de espera.
Bajo el título «La caída del muro de Wall Street», Alfredo Zaiat escribía en Página/12 que las quiebras en cadena «son el símbolo del fin de una época y el comienzo de una era hoy desconocida. Fueron casi 40 años de mercados financieros cada vez más desregulados, con entes de control públicos colonizados por los banqueros, libre movimiento de capitales especulativos y desarrollo de sofisticados instrumentos financieros que intensificaron el frenesí del casino global. Los gobiernos perdieron el control del sector financiero de la economía. Los dueños de las entidades, analistas y operadores de esos mercados percibían ingresos obscenos, constituyéndose en una casta privilegiada durante estos años de dominio del mundo financiero sobre la economía real. En la década pasada ya habían empezado a emerger síntomas de esta crisis: el crac bursátil de 1987, la ruina del Long Term Capital Management, el estallido de las burbujas de las puntocom y las quiebras de Enron, entre otros».
También destaca el fracaso ideológico de las concepciones que sustentaban estas prácticas perversas (y que no hacen otra cosa que llevar a sus extremos la lógica interna del sistema): «Sus ideas presentadas como verdades absolutas durante décadas en relación con la concepción celestial del mercado libre, de la administración del riesgo, de la dispersión del capital y eficiencia de la actividad financiera son un fiasco a nivel global. El estallido se ha producido en el corazón del capitalismo financiero y la respuesta desesperada del líder extremista del laissez faire fue una intervención impresionante del Estado». Dice también que «el origen de esta crisis terminal no se encuentra solamente en la irresponsabilidad de un grupo de banqueros ambiciosos en el manejo de créditos hipotecarios de baja calidad», sino que sus orígenes deben rastrearse desde comienzos de los 70, cuando Nixon decretó (15 de agosto 1971) la inconvertibilidad del dólar.
También el presidente Lula aludió al tema en su discurso en la ONU. «La crisis financiera expresó es hoy una dura realidad. La euforia de los especuladores se transformó en angustia de los pueblos después de una sucesión de naufragios financieros que amenazan la economía mundial, con efectos perversos en la vida cotidiana de millones de personas. La ausencia de reglas favorece a los aventureros y oportunistas, en perjuicio de las verdaderas empresas y de los trabajadores. Es inadmisible, decía el gran economista brasileño Celso Furtado, que las ganancias de los especuladores sean siempre privatizadas y sus pérdidas, invariablemente socializadas. La codicia desenfrenada de algunos no puede recaer impunemente sobre los hombros de todos. La ética debe valer también en la economía. Se requieren mecanismos de prevención y control, y total transparencia de las actividades financieras. Los organismos económicos supranacionales carecen de autoridad y de instrumentos prácticos para cohibir la anarquía especulativa. Debemos reconstruirlos sobre bases enteramente nuevas».
Compartí tu opinión con toda la comunidad