Wall Street y la teología del dinero (III)
Quizás debemos dejar de hablar de ideologías como si cada una sólo se diferenciase por las ideas que incluye y no por la función que cumple en la construcción de la realidad.
Quizás deberíamos hacer drásticas diferenciaciones entre las formas de ideologías, definiendo una forma hegemónica y otra resistente así como se ha hecho con las culturas hegemónicas y subalternas. Es posible que una ideología hegemónica, siempre más difícil de visualizar por el público y los medios de reproducción que las ideologías resistentes, no sólo signifique una fuerza conservadora de las relaciones de poder y producción de riqueza, sino también una naturaleza progresivamente independiente del sistema de producción. Una realidad basada en la fe, la misma supersticiosa fe que dio fuerza estratégica y cultural a los cromañones que desplazaron a los más realistas neandertales. Aquellos no eran más inteligentes que estos (Metin Eren, Journal of Human Evolution), pero deliraban al unísono y ahí radicaba su fuerza (José Carrión, Universidad de Murcia).
Así, diferente a la formulación clásica que deduce una ideología de las condiciones de producción, una ideología hegemónica se convierte de forma progresiva en un poder abstracto e independiente del resto de las sociedades y las culturas, como una máquina inteligente que se independiza de sus creadores humanos o, para ponerlo en términos menos fantásticos, como un hijo que termina dominando a su padre.
Un reflejo significativo es la conducta de las bolsas de valores. Esta expresión de un poder progresivamente abstracto de una ideología dominante, al mismo tiempo que se vuelve más fuerte y místico, también se vuelve más vulnerable a una crisis de fe. La idea de abstracción metafísica viene dada cuando los mercados se comportan como creaturas que necesitan ser temidas, aduladas y consoladas.
Los presidentes de los países más fuertes suelen repetir, tanto en tiempos buenos como en tiempos malos, todo tipo de estrategias que apuntan a la adulación psicológica de la criatura que en lugar de reír y llorar se expresa con irracionales subas y bajas en las bolsas de valores. Las palabras más repetidas son «confianza», «temor», «calma», «nerviosismo» y de forma más explícita «estado psicológico de los mercados». Lo que en la Edad Media significaba Dios, o en la antigua Grecia los dioses olímpicos, hoy representa esa ideología sin alternativas radicales.
Especialmente el humor de Wall Street es tan contagioso que cualquier grito histérico repercute en menos de tres horas en fuertes caídas en todo el mundo. Si esta dinámica fuese meramente matemática, si estuviese regida únicamente por leyes primitivas como las de «oferta y demanda», no habría razón para que de un día para la noche lo que valía dos dólares pase a valer uno o cinco, ya que ni el consumo ni la oferta son materialmente capaces de variar con esos coeficientes.
Una vez una estudiante norteamericana me dijo que las películas españolas son menos realistas que las de Hollywood. Principalmente se refería a los efectos de la tecnología, pero la observación sobre la técnica es imposible de separar de la cultura: es realista aquello que se parece a la realidad que fue creada por la máquina ilusoria de producir realidad. Algo así como decir que una muñeca Barby representa lo femenino por naturaleza. Igual que la máquina que produce dólares da la ilusión de producir capitales.
Hace apenas un mes un amigo que criticaba al presidente de todos decía: «Lo único que le reconozco es que si no existieran los ricos no habría trabajo para los pobres…». Este tipo de conciencia verdadera para el mismo sistema que se juzga a sí mismo según una realidad creada por él mismo, es el sabio producto de esa ideología dominante, tan necesaria para que el 95 por ciento de la población de un país como Estados Unidos, entre ellos la masa productiva, le agradezca al 5 por ciento más rico el bienestar que no tienen en otros continentes. En esa ocasión le pedí a mi viejo amigo que me mencionara un sólo millonario que fuese capaz de vivir sin sus trabajadores o de los trabajadores de otro millonario. Pero tal vez no había necesidad de un argumento tan simple.
Durante años, para calmar a la criatura, el presidente de Estados Unidos recortó impuestos a los más ricos que operan en la bolsa según la estratégica teoría de que la riqueza desborda de arriba a abajo y cuando el monstruo insaciable se tragó estas piezas privilegiadas, el mismo gobierno que clamaba por una mínima o inexistente intervención del Estado en la suerte de los trabajadores, desembolsó sin asco su fortuna acumulación de los impuestos de los trabajadores para mantener el mismo sistema. El sistema sirve a la ideología dominante, no al revés.
Las contradicciones de un presidente no son importantes para un pueblo elegido ni para una ideología que se alimenta de la repetición de frases y de ideas fragmentadas. Pero cobran significado cuando las mismas contradicciones se producen en un momento de crisis económica. Los post nunca significaron un final definitivo de nada. Sólo su continuación atenuada.
En la era posindustrial no se abandonó la industria ni la antigua agricultura; menos la modernidad en la posmodernidad. En la era poscapitalista no desaparecerá el mercado de capitales pero quizás desaparezca su sagrada tiranía. O no será poscapitalismo sino una simple crisis, propia de una de las ideologías más longevas de la historia, aunque no tanto como lo fueron el feudalismo, el esclavismo y la aun más eterna moral del esclavo, tan necesaria para agradecer los latigazos diarios que nos muestran el buen camino de la justicia y de la felicidad.
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