Doctor José Alvarez Martínez
Una tarde de marzo de 1993 irrumpió en mi despacho del Parlamento como era habitual en él: decidido, urgente, sonriente, con los brazos abiertos y su voz clara y fuerte que daba absoluta credibilidad a todo lo que decía. Venía a recoger a Milka, su compañera de toda la vida, que trabajaba en el Palacio Legislativo.
Yo lo conocía desde su consultorio en la calle Ana Monterroso, adonde acudía a realizar mis controles y atender mis achaques. Por lo tanto, no me sorprendí. En la consulta se comportaba de la misma manera, explicando los tratamientos, los diagnósticos y los pronósticos de manera sencilla y accesible para todos los pacientes. Trajo una iniciativa que contagiaba. Me invitaba a que, si quería hacer algo útil en el Parlamento, según me dijo, debía preocuparme por lograr una ley que regulara y controlara el funcionamiento de las residencias de tercera edad. Hablaba con convicción y demostraba el conocimiento de su titularidad en la cátedra de Geriatría y Gerontología de la Facultad de Medicina, que funcionaba en la planta baja del Hospital de Clínicas.
Ese fue el inicio de un trabajo conjunto que lo tuvo permanentemente como un verdadero «centrehalf» del viejo estilo como él mismo se definía. Formó un equipo de trabajo. Invitó al médico Juan Carlos Salsamendi, que ocupaba el cargo de director de Salud del MSP y había creado una estupenda residencia de tercera edad en su pueblo de Solís de Mataojo, y al abogado Gastón Inda, gerente de la unidad de promoción social del BPS. Entre los tres y apoyándose en estudios realizados por el Dr. Alvarez elaboraron un primero y muy completo informe con estadísticas, caracterización de la salud en la tercera edad y tratamientos para mejorar la calidad de vida en ese tramo de la vida.
Obtuvimos el apoyo del presidente de la Asamblea General, Dr. Gonzalo Aguirre, para disponer de un pequeño presupuesto y una sala de trabajo. Y en pocos meses, el Senado trató y aprobó por unanimidad el proyecto de ley. Lamentablemente no corrió la misma suerte en la Cámara de Diputados y al terminar la legislatura en 1994, naufragó.
Pero por poco tiempo, porque al inicio de la siguiente legislatura el Dr. Alberto Cid retomó el proyecto y logró que se transformara en ley. Como ocurre en todo trabajo, el trato diario y las charlas amistosas que ocurren me permitieron conocer algunas de sus ocupaciones, además de la cátedra. Así me enteré que daba vida a un refugio en la zona de la Aguada, donde las personas marginales podían pernoctar, cambiar la ropa y tomar un plato de sopa, con la única condición lo proclamaba entre risas que se bañaran previamente. Su aporte económico para la obra era sustancial. No dudé nunca que en ese ejemplo se inspiró el programa de refugios que cada invierno implementa la Intendencia Municipal de Montevideo.
Y esa iniciativa la encaró desde que inició su amistad con el Hermano franciscano Jeremías, conocido por su preocupación por los marginados y también por «lo pintoresco» que resultaba con su manera de actuar, según me informa Mario Cayota hoy, cuando comentamos su muerte reciente. Sí. Porque el doctor Alvarez Martínez fue terciario franciscano; nunca me lo dijo quizás porque, según me explica Cayota, cumplía estrictamente con la máxima evangélica del silencio; es más, se molestaba si se le descubría. Todos los que sufrimos la dictadura en carne propia conocimos la importancia que tuvieron «los Conventuales» en el apoyo a quienes de una forma u otra trabajamos por recobrar la democracia en los setenta y los ochenta. El doctor Alvarez Martínez tuvo allí su lugar de militancia durante la dictadura.
Fue un admirador de Tomás Moro y su «Utopía». Leyó todo lo que pudo encontrar referido a la Teología de la Liberación y aplicó esos principios en la militancia en su comité de base del FA y en la comisión de salud del programa de la fuerza política. Dentro de los franciscanos integró la fraternidad «Tomás Moro», y fue uno de sus puntales. Una vida dedicada a practicar la solidaridad con el prójimo, que vale la pena resaltar e informar a quienes lean estas líneas, porque de su ejemplo tenemos mucha necesidad de alimentarnos.
Compartí tu opinión con toda la comunidad