EDITORIAL

Algo más sobre violencia delictiva

El incremento de la violencia delictiva no es un hecho nuevo ni se ha visto profundizado bajo el gobierno actual. Es, más bien, un largo proceso que se arrastra desde hace varios decenios y que responde, en principio, al descalabro del tejido social, a la crisis económica, al desempleo, etcétera. Esos factores económico-sociales están en el origen de una crisis cultural que ha promovido la deserción escolar y la pérdida de valores.

Pero independientemente de esas causas estructurales fácilmente comprensibles, paralelamente al proceso de crisis que vivió el país se ha producido una degradación cultural, un cambio en las pautas, en las modas y en las conductas de los uruguayos. El avance vertiginoso de los adelantos tecnológicos en materia de comunicación ha traído consigo la importación de gustos y comportamientos foráneos que han ganado terreno en la mentalidad sobre todo de los jóvenes. La famosa globalización abarcó todos los terrenos del quehacer humano, uniformizando las metas a alcanzar e imponiendo los valores propios del capitalismo salvaje y de la sociedad del hiperconsumo. Esa alienación a que conduce el sistema económico tiene sus efectos en todas las clases sociales pues todas ellas participan de la misma escala de valores en la que el éxito personal, el enriquecimiento individual y la ambición de acumular más y más bienes materiales figuran en los primeros lugares.

Y si esos fines no pueden lograrse por los medios socialmente aceptados (trabajo, emprendimiento personal, habilidad para los negocios, etcétera), pues habrá quienes no vacilarán en acceder a ellos por medios proscriptos; desde el rapiñero que asalta un comercio hasta el banquero que cae en insolvencia societaria fraudulenta, todos los delincuentes han optado por llegar a las metas socialmente más prestigiosas por medios no aceptados. La única diferencia está, probablemente, en que mientras el rapiñero actúa con violencia física y puede lastimar a su víctima para hacerse de un botín relativamente magro, el banquero actúa con suma prolijidad, sin ocasionar lesiones físicas a sus numerosas víctimas, y se procura un suculento botín.

Ahora bien, prescindiendo del caso extremo de quienes se hallan en situación de indigencia, pensemos en esos hogares carenciados adonde penetra la televisión con su bombardeo permanente de incitación al consumo; gente que se siente compelida a obtener ciertos bienes materiales presentados por la publicidad como la panacea para lograr la felicidad. Y pensemos que al mismo tiempo, mientras son acosados con celulares, aparatos varios, ropa de marca, cosméticos mágicos, automóviles de performances maravillosas, etcétera, el sistema les niega los medios para obtenerlos porque no les da la posibilidad de tener ingresos suficientes para adquirir tales objetos.

He ahí la paradoja más cruel y la alienación más ominosa: la que padece el individuo a quien lo convencen de las bondades de poseer bienes materiales y al mismo tiempo le niegan los medios para obtenerlos. Ese individuo, a menos que haya tenido una sólida formación en valores, recurrirá sin duda a medios prohibidos para llegar al fin establecido por el código de valores del sistema. Pero hay más. Esa misma televisión en cuyas tandas se ofrece al usuario toda la parafernalia de bienes de consumo, emite por lo general (y salvo honrosas excepciones) una serie de programas de pésimo gusto y bajo nivel que promueven desvalores y comportamientos violentos.

De modo, pues, que el combate a la delincuencia debe dirigirse a esa etiología, esto es, a mejorar las condiciones de vida de los más infelices, pero al mismo tiempo, a contrarrestar la influencia nefasta de las pautas culturales que se nos imponen desde el mundo opulento e inmoral.

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje