La caja boba o el nuevo opio de los pueblos
Sin ánimo de invadir una de las áreas que desde el asiento de los bobos analiza con su particular agudeza Horacio Buscaglia, resulta inevitable referirse al estudio de Celade sobre la incidencia de la televisión en niños y jóvenes, del que da cuenta LA REPUBLICA en su edición de ayer.
En primer lugar, nos enteramos de las reacciones y de los efectos que provocan en los menores (niños y adolescentes) las noticias de violencia en los informativos de televisión. De acuerdo con el informe, los párvulos (y los adultos también) sienten miedo, depresión, ansiedad y angustia ante la posibilidad de ser ellos y sus familiares víctimas de las nuevas modalidades delictivas profusamente exhibidas en la pantalla chica.
Parece obvio señalar que el problema de la violencia en la televisión no se limita a las emisiones periodísticas. La casi totalidad del cine que se puede ver por TV contiene un altísimo porcentaje de situaciones de violencia que, aunque no son reales como aquellas de que dan cuenta los noticiosos, producen igualmente efectos perniciosos en la formación de los futuros ciudadanos. Algo que frecuentemente se olvida es que la televisión tiene la virtud (¿?) de generar –en las mentes infantiles– una particular confusión entre ficción y realidad: el niño es incapaz de discernir si el automóvil que ve estallar integra la anécdota de una creación cinematográfica o si la escena ocurrió realmente y ha sido filmada por los camarógrafos del informativo televisivo.
Al mismo tiempo, además del infaltable ingrediente violento con que cuentan los filmes, estos transmiten de forma más sutil otros valores (¿?) que los jóvenes van incorporando inconscientemente. Se trata de pautas de comportamiento y de metas que apuntan a crear la mentalidad uniforme de los ciudadanos del mundo globalizado; un mundo donde impera el individualismo, la falta de solidaridad, la ambición y toda una larga serie de antivalores perfectamente opuestos a la doctrina cristiana. Sin contar, huelga aclararlo, el entronizamiento de la frivolidad más ramplona.
Paralelamente, las tandas comerciales que interrumpen puntualmente los programas envían mensajes directos o subliminales incitando a un hiperconsumo demencial. Como se ve, una alianza perfecta para hacer funcionar el aceitado mecanismo creado para alienar a los seres humanos.
Todo esto existe en un altísimo porcentaje en las emisiones televisivas que penetran en los hogares uruguayos. Claro que se puede argüir que es deber de los padres seleccionar lo que han de ver sus hijos; qué programa tiende a formar convenientemente la personalidad de los chicos y cuál puede resultar pernicioso, y, en función de ello, autorizar o no que los niños vean determinada emisión. Pero todos sabemos que el vértigo y las angustias de la vida actual hacen que la comunicación entre padres e hijos se vea reducida al mínimo y que estos últimos pasen –el dato es escalofriante– un promedio de cinco horas y media sentados frente a la caja boba.
Mirar la tele es la actividad (¿?) que más tiempo insume a los menores de doce años. Atrás quedan la lectura, los juegos, la música, la comunicación con sus pares y con los adultos, el descubrimiento de la naturaleza y tantas otras actividades fundamentales para la formación de auténticos seres humanos.
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