Amenazas de muerte en defensa de la vida
Como para dejar sin asunto a Unamuno y Borges, los paladines de la cruzada contra la despenalización del aborto han incurrido en una de las paradojas más extremas. En Rosario, Argentina, el edil Carlos Comi, del ARI, había sido uno de los impulsores de la adhesión del Concejo de Rosario a los proyectos legislativos nacionales sobre despenalización del aborto, adhesión que se concretó en la sesión del legislativo comunal del 22 de agosto. En esa instancia en la que se desató una dura polémica estuvieron presentes grupos católicos para evitar el pronunciamiento del Concejo a favor de la despenalización del aborto.
Al día siguiente, Carlos Comi recibió un correo electrónico concebido en los siguientes términos: «Votaste a favor de la muerte y de tu muerte. Así como tengo tu dirección de correo también tengo la dirección de tu casa y también puedo encontrarte camino al Concejo. (…) Sé que haré justicia a los miles de niños asesinados por tu voto. (…) Sos un idiota y te garantizo que lo vas a pagar muy caro. Me voy a encargar personalmente, es muy fácil hacerlo y desaparecer. ¿O no ves los noticieros?».
Muy cristiano, ¿verdad? En aras del sacrosanto principio de la defensa de la vida, no hay medio que no valga, incluso la amenaza de muerte. Este retroceso al más puro medioevo oscurantista e inquisidor no debe ser visto, empero, como una postura doctrinaria de toda la Iglesia Católica. Me consta que hay sectores lúcidos y sensatos que, aunque se oponen a la despenalización del aborto, jamás recurrirían a métodos tan inmorales, repugnantes y cobardes como la amenaza anónima.
Pero también los hay que han hecho de la defensa de la criminalización del aborto una causa justificada de guerra santa. Y, como se sabe, los fundamentalismos no reparan en medios para lograr sus fines, de modo tal que para defender la vida del feto no vacilarían en segar la de los ediles rosarinos que votaron a favor de la despenalización.
Ahora bien, así las cosas, no estaría mal que las autoridades eclesiásticas salieran a condenar públicamente los métodos elegidos por los furibundos combatientes del Santo Oficio del tercer milenio. Pienso que si por ellos fuera, con tal de salvar la vida del feto, estarían dispuestos a matar a toda mujer que ha resuelto abortar.
Se me dirá que este caso es un extremo deplorable que no representa el sentir mayoritario de los feligreses. Estamos de acuerdo. Pero creo, muy humildemente, que quienes se oponen a la despenalización del aborto deberían mesurar y sincerar su discurso anatemizante, y terminar de una vez por todas con la cantilena según la cual la despenalización del aborto significa luz verde para interrumpir el embarazo irresponsablemente e implica multiplicar el número de «niños asesinados». Todos sabemos que a pesar de la penalización, los abortos se siguen practicando clandestinamente con las consecuencias que todos conocemos: la muerte de mujeres, sobre todo de aquellas de escasos recursos económicos.
El aborto es una decisión muy íntima, por lo general dolorosa, que no incumbe más que a la mujer y eventualmente a su compañero. Y en todo caso puede juzgarse desde un punto de vista ético, según el código moral de cada quien, pero jamás puede ser objeto de una sanción penal.
Pero claro, andá a hacerles entender esto a esos energúmenos…
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