Hace 35 años
«Ustedes le prestaron un gran servicio al occidente al derrocar a Allende. De otra manera Chile habría seguido a Cuba». De esta manera, el ex secretario de Estado de los Estados Unidos, Henry Kissinger, le manifestaba al general Augusto Pinochet el 8 de junio de 1976 la posición del gobierno norteamericano sobre el golpe de Estado que dio por tierra con el proyecto chileno de construir el socialismo democráticamente. La conversación, que tuvo lugar en La Moneda y cuyo contenido fue desclasificado el 20 de octubre de 1998, se dio en el marco de una Asamblea General de la Organización de Estados Americanos realizada en Santiago de Chile, en un momento en que toda América Latina -con excepción de Venezuela- estaba gobernada por dictaduras militares instaladas con el respaldo del gobierno norteamericano.
Si bien Estados Unidos se ha presentado siempre a sí mismo como el principal defensor de las libertades y de los derechos humanos, los gobiernos autoritarios que respaldó e impulsó durante ese período arrasaron con las libertades públicas en los países latinoamericanos, cometiendo las más graves violaciones a los derechos humanos de que se tenga memoria en la historia de este continente. El 29 de setiembre fue capturado, frente a la embajada mexicana en Santiago de Chile, Julio Hernán Soto Céspedes, de 22 años, quien hasta el 11 de setiembre era el chofer de Allende. El joven Soto fue trasladado a la comisaría número 24 de la localidad de Las Condes, donde inmediatamente comenzó a ser interrogado y sometido a torturas, que consistían básicamente en la aplicación de la picana eléctrica o instrumento similar que producía quemaduras en los puntos donde era aplicada. En sus declaraciones al Equipo Nizkor, que elaboró un informe sobre las violaciones a los derechos humanos durante el régimen pinochetista, Soto señaló: «Me produjeron quemaduras por la aplicación de cigarrillos sobre la piel. Con instrumental quirúrgico producían cortes en los laterales del rostro a la altura de las orejas, produciendo levantamiento de la piel y con la amenaza de producir el despellejamiento».
Durante la noche del día 29 al 30 de setiembre de 1973, fue trasladado a un patio interior: «En dicho lugar se me tapó el rostro con una prenda de vestir y procedió a amarrarme a una pared. Una vez allí dieron instrucciones a lo que yo supuse era un pelotón de fusilamiento. El oficial a cargo dio la orden de fuego. En ese mismo momento recibí un golpe en el estómago y dicho oficial rió a carcajadas». Al día siguiente, Soto fue movilizado al Estadio Nacional de Chile, donde siguieron el interrogatorio y las torturas en la zona de los vestuarios de los deportistas. Mientras estaba detenido, el joven chofer reconoció a once de los funcionarios presidenciales que resistieron junto a Allende en La Moneda el bombardeo al que era sometida la sede del Poder Ejecutivo por parte de las fuerzas golpistas lideradas por el general Augusto Pinochet. Estos once compañeros que reconociera Soto son actualmente detenidos-desaparecidos, que al igual que otros miles de chilenos fueron detenidos, torturados, muertos, desaparecidos y exiliados durante la dictadura que pretendió «salvar a Chile del comunismo» y a cambio sumió a ese país en la más negra de las represiones.
Aunque en todo el continente americano hayan resurgido los gobiernos democráticos en las décadas de los ochenta y noventa, la democracia no ha traído consigo la justicia para las víctimas y sus familiares. A pesar de algunos intentos por investigar algunos crímenes, no ha habido en nuestros países la reconciliación que se deriva de la aplicación generalizada de la justicia. El gobierno norteamericano tampoco ha reconocido su participación en este genocidio practicado contra los militantes de las organizaciones progresistas latinoamericanas. El «gran servicio al occidente», del que le hablaba Kissinger a Pinochet, no fue otra cosa que persecución, tortura y muerte para miles de seres humanos. A 35 años del golpe de Estado contra Salvador Allende, los pueblos de América Latina siguen reclamando el esclarecimiento de estos crímenes, así como juicio y castigo a los responsables.
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