Setiembre 10, de 1815…

Durante muchos años, la historiografía liberal ha pretendido internalizar en la sociedad una visión maniquea y superficial del Gral. Artigas, reduciendo su ideario y sus concepciones políticas a frases hechas de consumo escolar. Se ha desfigurado la vitalidad de su pensamiento, presentándolo como un paradigma de héroe civilista que desnaturaliza el vigor de sus ideas políticas. Durante años el academismo oficial ha intentado disminuir la estatura intelectual y filosófica de quien fuera un conductor, un estratega y un hombre de Estado de rango superior entre los Libertadores de nuestra América.

Una fecha, 10 de setiembre de 1815, marca un hito, un punto de referencia que expresa las concepciones políticas, sociales y económicas del artiguismo, a través del Reglamento Provisorio para la Campaña, con meridiana claridad.

En breve paréntesis entre la derrota porteña en Guayabos, enero 10 de 1815, y la invasión portuguesa, agosto de 1816, constituye el período más creativo del artiguismo en el terreno político, social y cultural. En un contexto regional en el que militaban en la Liga Federal: La Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes, Misiones, Santa Fe y Córdoba; Artigas impuso un breve, pero fermental, hegemonía. Desde el cuartel de Purificación, materializando la preocupación y la ocupación del caudillo por los temas de la tierra y campaña desde el 1800, se lanza el primer proyecto de Reforma Agraria Revolucionaria, desde el sur de América, desde la Banda Oriental.

Recogiendo las preocupaciones del Estado español sobre el «arreglo de los campos», habiendo trabajado desde 1801 (fundación de Batoví) junto a Félix de Azara, Artigas fue transformando su intuición de oficial subalterno del Estado español, en convicción política de estadista. Más allá de las formalidades, el Reglamento Provisorio, rescata el afán de justicia y la ética revolucionaria al servicio de la política. Las tierras eran tomadas a los «malos europeos y peores americanos» beneficiarios, obsecuentes o cómplices del dominio español, y se otorgaban a los sectores más desposeídos «los negros libres, los zambos, los indios, los criollos pobres»… los que tenían «el principal derecho».

Para Artigas el derecho a la propiedad aparece vinculado a la justicia revolucionaria. Las clases poseedoras, víctimas de las confiscaciones, no perdonarían la actitud del caudillo.

Los españoles contrarios a la revolución, los aporteñados y el patriarcado no perdonaron la acción política y el compromiso con los más débiles del jefe de los Orientales. Desde el poder, durante muchas décadas, los dueños del Uruguay, la oligarquía, la burguesía apátrida, pretendieron neutralizar la, siempre viva, fuerza de sus ideas. Pero el intento de momificar en bronce al caudillo y sus ideas ha fracasado. La tozudez de la historia hace que vivamos circunstancias similares con distintas fechas.

Hoy en nuestro país la cuestión de la tierra, su uso, distribución, extranjerización, siguen siendo problemas estratégicos a resolver.

Desde la sensibilidad de un gobierno de izquierda, que profundice los cambios en dilección de un país productivo de matriz nacional, llegó la hora, tantas veces postergada en que «los más infelices sean los más privilegiados».

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