El Mercosur en la cuerda floja

Según lo informado en nuestra edición del pasado viernes 5 por el economista Jorge Jauri –colaborador del suplemento dominical Bitácora–, a diez años de su puesta en marcha, el Mercosur parece agonizar.

Como sostiene el especialista, por medio de dos decisiones anexas al Acta de Florianópolis parece haberse extendido el certificado de defunción de la unión aduanera y del Mercado Común del Sur, mercado regional nacido con bombos y platillos y presentado como la panacea comercial que nos haría dar el salto definitivo hacia el desarrollo. Por lo menos, eso fue lo que se anunció diez años atrás.

Con el paso del tiempo pudieron apreciarse ciertos obstáculos, aparentemente no previstos en la euforia del comienzo, al tiempo que nuestro país pasaba a depender cada vez más de las fluctuaciones y caprichos de la economía brasileña. Así pudimos ver a una empresa como Conaprole tambalearse con serio riesgo de descalabro como consecuencia de la devaluación del real. Allí fue posible advertir hasta qué punto algunos rubros de nuestra economía dependían directamente del mercado brasileño y cómo el país quedaba a merced de las decisiones del poderoso vecino por no haber sabido diversificar los mercados.

Sin embargo, todo parecía indicar que se trabajaba para superar esos escollos de manera de ir encaminando a los países miembro hacia una auténtica integración regional.

Ahora bien, inesperadamente, en la Cumbre presidencial de Florianópolis –y sin que la Cancillería se dignara comunicarlo al Parlamento– se adoptan estas dos decisiones que suponen detener el proceso de construcción de la unión aduanera.

Por una de ellas, se mantiene el aumento del Arancel Externo Común y se difiere por un determinado lapso la puesta en práctica de un régimen común en materia de bienes de capital, tecnología e informática.

La otra introduce un elemento francamente regresivo, por cuanto se instrumenta un régimen de excepcionalidad que, lejos de propender a los fines con que surgió el Mercosur, deja librado al arbitrio del gobierno de cada uno de los países miembro la fijación del arancel externo de cerca de cien artículos con total prescindencia de los intereses de los otros socios, con lo cual el Arancel Externo Común queda reducido a una simple figura decorativa desde el momento que desvirtúa por completo su función.

Como queda dicho más arriba, estas trascendentes decisiones fueron cuidadosamente soslayadas por la Cancillería. El ministro Opertti nada informó de esto cuando compareció ante el Parlamento.

Estamos en presencia –una vez más– del juego cuyas reglas son impuestas por los poderosos. En el caso, son los industriales brasileños quienes marcan la cancha, designan el árbitro y dicen qué jugador puede ingresar.

La inestabilidad y la incertidumbre es lo que se ofrece a los industriales uruguayos, quienes podrán vender o no sus productos en el mercado regional según el arancel que se les ocurra fijar a los compradores.

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