Tota Quinteros, una vida intensa y ejemplar

La multitud compacta y emocionada que acompañó a Tota Quinteros hasta su tumba en el Cementerio del Buceo pareció por un momento dar cuerpo y alma al extendido sentimiento de que con Tota se iba un auténtico símbolo de las luchas democráticas y populares de nuestro país y de nuestro tiempo.

En su condición de familiar de una joven desaparecida en 1976, Tota consiguió el respeto de todos y el cariño de muchos que, como ella, participaron de las grandes batallas por el respeto a los derechos humanos y el ejercicio de los derechos civiles y políticos de los últimos quince años.

No tan conocida es su actuación anterior. Primero como jefa de un hogar que era hospitalidad y cariño para una gran cantidad de jóvenes maestros o estudiantes de magisterio que vivían «a tiempo completo» el clima de efervescencia intelectual y moral de aquellos años, los que siguieron al Concilio Vaticano Segundo, los años del Ché, del cura Camilo Torres.

Después, en el 68, 69, 70, la solidaridad activa y persistente con los luchadores sociales y políticos presos y sus familias, el apoyo moral y material a su hija Elena, maestra y luchadora.

Cuando el secuestro de Elena, en julio de 1976, rondaba los 60 años.

Arrancó con pasión su búsqueda sin que las «nanas» y los años fueran obstáculo.

No se arredró ante ningún desafío. Entrevistó responsables civiles y militares, hizo gestiones dentro y fuera del país.

Cuando la situación en el sur de América Latina se hizo insoportablemente represiva buscó refugio en Europa y desde allí continuó con sus gestiones, sus comparecencias.

Reunión de datos, de Elena y de los demás desaparecidos en el exterior, juntando fechas, testimonios.

Buena parte de las denuncias que se realizaron ante las comisiones de derechos humanos de la OEA, la ONU, el Parlamento Europeo y la prensa internacional fue compilada y ordenada por Tota Quinteros y la gente joven que se arrimaba para darle una mano en las tareas prácticas.

Visitó varias veces Venezuela, el país que, como consecuencia del secuestro, decidió la ruptura de relaciones diplomáticas con la dictadura uruguaya, la más larga, en sus casi nueve años, de la historia entre países latinoamericanos.

El retorno al sistema institucional en 1985, le dio a Tota, como a todos los cultores del pensamiento democrático, redobladas esperanzas por conocer la verdad.

Se enfrentó entonces, de manera dura y enérgica, con la «Razón de Estado»: a los responsables de delitos contra la humanidad no se los podía castigar, no se los podía nombrar.

No se los podía identificar. No se los podía interrogar.

Había que seguir adelante y perdonar, eso se le pidió.

Perdonar sin saber qué tenía que perdonar. Ni a quién.

En su camino, en el que no había lugar para la pasividad ni la resignación, Tota encontró apoyos intensos, a veces inesperados.

Hizo amistades y cosechó solidaridades entre jóvenes y viejos, entre los cooperativistas de Fucvam de La Teja y entre los sindicalistas y las mujeres de las organizaciones feministas, en el sindicato de los maestros y en los barrios más populares, entre los intelectuales, los murguistas y los artistas y en los grupos de reflexión de la Iglesia que le brindaron un inmenso apoyo moral y afectivo.

En el Frente Amplio y en la gente que la quería por su simpatía, tenacidad y espíritu de sacrificio.

A los 82 años, internada en el Casmu, ya gravemente enferma, se impacientaba por el tiempo que estaba perdiendo «con todo lo que tenía que hacer».

Quizá por eso su muerte dolió tanto. Mucha gente se miraba y sacaba fuerza de esa vida peleadora de mujer uruguaya.

Quizá en ese tesón ejemplar, en esa persistencia que ni el tiempo ni los engaños mitigaron ni confundieron está lo que Tota ha dejado para este país.

Dignidad y bravura por la verdad.

Dignidad y entereza que no conmovió a los dueños del saber del Estado terrorista.

Porque, como decían los maestros en una límpida pancarta exhibida en la manifestación de ayer, Tota «Murió sin saber la verdad».

Respuesta luctuosa a una vida formidable, intensa y bien vivida.

Para el país, el espejo de luz seca y de un brillar que hiere a los ojos, del poder que detentan todavía los centuriones del Estado terrorista, los beneficiarios de la impunidad, el ocultamiento y la mentira.

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