Germán Araújo 2 de setiembre 1938 – 2008

El pasado 2 de setiembre, José Germán Araújo podría haber cumplido 70 años de edad, de no haber sufrido las consecuencias de una enfermedad que no distingue ni otorga inmunidad en razón de las virtudes que el individuo demuestra en vida.

Algunas de las facetas más salientes de Germán estimularon aquello que se ha dado en llamar «el imaginario popular» y propiamente el de la militancia del Frente Amplio, para atribuirle el carácter de imprescindible. Para quienes, por cercanía permanente, padecimos con él más sinsabores que alegrías, nos inclinamos en destacar tres actitudes que sostuvo de manera indeclinable hasta su final, el inolvidable compañero: 1) vocación frenteamplista; 2) autenticidad en su exposición pública y 3) coherencia entre sus opiniones políticas y el comportamiento ante la exigente realidad.

En el primer aspecto a considerar, puede reconocerse en cualquiera de nosotros, consustanciados con el origen y desarrollo del FA esa condición, pero Germán agregaba el plus de articulador de los consensos necesarios, fortaleciendo las decisiones del Frente Amplio en el ámbito institucional.

Propiciaba el crecimiento de la común fuerza política por la captación de los simpatizantes de los partidos tradicionales, convocando a reflexionar sobre las contradicciones en que caían sus dirigentes; explicando, con lenguaje sencillo, las falsedades con que se sometía al pueblo antes, durante y después de la dictadura.

No escatimó esfuerzos ni sacrificios de lo propio para convencer de la urgente necesidad de un cambio estructural, que se produciría con la instalación del Frente Amplio en el gobierno del país.

Muchas de sus afirmaciones definieron la línea de pensamiento respecto al ser de izquierda ético y responsable en su actuación, cualidades que no debían alterarse por el acceso al poder y la oferta de privilegios personales. Se advertía sobre el retroceso que ocurriría si se defraudaba la esperanza de la gente. No podía demorarse la satisfacción de la justicia, largamente postergada.

A Germán le resultaba inadmisible que se pasara hambre en un país potencialmente proveedor de alimentos y que la solución del problema fuera diferida hasta la conclusión académica de los teóricos.

Su rigurosa autocrítica orientaba a la permanente revisión de nuestros procedimientos. Ya en la fase terminal de su enfermedad, señaló que no obstante su amor por la vida y la intensidad con que supo andar por ella, prefería perderla si sus facultades mentales se deterioraban. «No quiero terminar haciendo macanas», dijo. Temía entrar en contradicciones con su fructífera acción política, la cual podríamos sintetizar en aquella expresión que le respaldaba en su despacho.

«Yo dormía y soñaba, que la vida era alegría: desperté y vi que la vida era servicio; serví y vi, que el servicio era alegría». A su fallecimiento, se sucedieron y, durante breve tiempo, homenajes póstumos a los cuales Germán no era afín. En ellos se destacaban los rasgos de su personalidad y temperamento, vinculados a la circunstancia en que trascendieron y sirvieron a la causa. Ingenio, audacia y valentía fueron conceptos recurrentemente utilizados en los discursos laudatorios.

Sin embargo, como a tantos otros se mantendría indefinidamente, la omisión de reconocerle su aporte esencial, ideológico y político, dispuesto al perfeccionamiento del instrumento de cambios, tal como lo demandaron aquellas cuarenta mil almas que a pie, acompañaron sus restos hasta su última morada.

A pesar de ello, Germán estará siempre presente, mientras exista Frente Amplio y fuerza militante convencida, que evite la desviación de sus principios constitutivos.

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