Coalición y unidad
l cerrar un año en la más de una centuria y media de muy rica vida de la colectividad blanca no lo hacemos con la satisfacción de haber llenado una página gloriosa de estos últimos cinco años del final del milenio.
El cierre ha sido más bien una continuidad de desaciertos y reiteración de vicios que nos arrastró a la peor derrota electoral del nacionalismo en su historia.
Directorios decadentes, dirigencias intelectualmente mediocres y pérdidas de banderas y principios que si bien muchos de ellos se invocan, la mayoría se ha abandonado por la más absoluta desidia o ineptitud. Ante esas realidades que no las vamos a ennumerar por repetidas y sabidas hasta el cansancio, se ha querido suplirlas por las banderas de la coalición y la necesidad de la unidad partidaria.
Vamos por partes. La coalición como bandera, ya quedó demostrada en la última elección nacional, que fue repudiada por la masa nacionalista. No se puede forzar a la ciudadanía blanca a una hermandad ideológica con el coloradismo. El serno blanco no olvida y es sustancialmente hostil a todo acuerdo con el batllismo. Puede servirle como premio consuelo a dirigentes que no salieron electos y «pucherean» con el jugoso sueldo del ente o del ministerio que le hubiese tocado en suerte. Pero política y electoralmente por bueno que sea el ministro o el director, no suman ni reditúan beneficios importantes partidarios. Lo que la gente quiere son ideas, conductas, principios y proyectos ciertos llevados a la realidad. Los espejitos no los compra nadie. Han mentido demasiado con el Mercosur, las globalizaciones, con el proteccionismo a los grandes inversionistas y multinacionales extranjeras, las prebendas y beneficios abusivos políticos, etc. En buen romance, todo lo que ha defendido la coalición no ha dejado de ser un gran fracaso. A la prueba están los resultados actuales económicos, políticos y sociales.
Los del staff político se critican entre ellos hasta un determinado nivel, a partir del cual se callan y se unen en una autoprotección justificando lo injustificable dentro del gremio. El otro aspecto a tenerse en cuenta es el de la unidad.
Por supuesto que la unidad partidaria es fundamental, deseada y vital para el futuro. Estamos todos de acuerdo. Pero la unidad para que sea real, debe ser programática. No puede haber unidad con gente que opina distinto. Verdad de Perogrullo.
¿Estamos todos de acuerdo que entes prósperos, ricos y ejemplares en todo el continente como Antel y su Ancel no deben ser «vendidos» a capitalistas extranjeros?
¿Estamos de acuerdo todos en que no se debe seguir «desmantelando» las carteras del Banco de Seguros llevándolo paulatinamente a su ruina? ¿Estamos todos de acuerdo en la necesidad de las reformas de estructuras agropecuarias o agrarias como quería Wilson?
¿Estamos todos de acuerdo «realmente» en frenar las multinacionales, supermercadismo entre otros, protegiendo la industria, el comercio y los productores nacionales como Conaprole por ejemplo? ¿Estamos todos de acuerdo, desde el «pique» en frenar la dolarización» de las monedas nacionales de la América nuestra, como ya se ha hecho en Ecuador y en El Salvador, desnacionalizando las patrias chicas independientes para terminar zipayándolas en «una estrella» más en la bandera del imperio? ¿Estamos todos de acuerdo que aunque nos quieran convencer de la estupidez del peligro comunista, hay que impedir como sea la vietnamización de Colombia por los yankis? ¿Estamos todos de acuerdo en acabar definitivamente con la coalición colorada que es sinónimo de todos los principios regresivos y antinacionales que repugnan a los buenos blancos?
Hay mucho más; pero si estamos todos de acuerdo básicamente en todo esto, la unidad ya debiera estar concertada. No basta, como hizo el Dr. Lacalle en la asunción de la Departamental nacionalista de Montevideo, hacer un ampuloso, grandilocuente y emotivo discurso para pedir la mentada unidad exigiéndole al novel presidente, diputado Mieres, buen muchacho, que recupere 100.000 votos en Montevideo como si fuese el ir a la panadería a comprar bizcochos. Así de fácil. Siendo todos conscientes que los que estamos en el Partido discrepamos en problemas sustanciales. Mal se puede salir a recuperar votos «idos» cuando no mantenemos la coherencia histórica con las mejores tradiciones partidarias. Para que los idos vuelvan y los que estamos no se vayan, el candidato único presidenciable blanco deberá ser un hombre que compagine y convenza a las distintas corrientes razonablemente.
El «Cuqui» no lo puede hacer. Está muy herido éticamente con la «embestida baguala» famosa, de la que no salió bien parado objetivamente, y demasiado «jugado» a la derecha más recalcitrante que se pueda pedir. Nadie le puede exigir que retire su candidatura. Al estar habilitado tiene todo el derecho de serlo.
El problema no es que no pueda, sino que no debe por el bien del Partido. Tampoco será válido el disfrazar un «retiro» electoral poniendo en su lugar a «alguien» afectivamente vinculado. Los nepotismos nunca fueron buenos por más «simpático» que el candidato fuese. La ciudadanía no es tonta. Aunque hubiese cambios de «caras» todos están contestes en que hay identidad en lo que se defiende. Si queremos que el Partido se recupere, no alcanza con discursos engolados sino con gestos reales de grandeza dejando recrear nuevas corrientes que sean esperanza de renovación de conductas y de ideas que revitalicen el viejo tronco Oribista. Si no lo hace, bueno sería que tuviese conciencia de su responsabilidad en el suicidio de un partido que tiene 165 años de existencia y por añadidura, hizo la Patria.
* Convencional del Partido Nacional
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