Sobre el puente de Aviñón
Como si se tratara de una mise en scène cuidadosamente montada con el único propósito de hacer algo espectacular, de ‘llenar el ojo’ de los incautos, el gobierno del doctor Batlle acaba de inaugurar el nuevo milenio y el nuevo siglo con la destrucción de un par de puentes clandestinos utilizados por la mano negra de los enemigos de la Patria para dejar a los uruguayos sin trabajo.
No está mal que se combata el contrabando. No está mal que se vigilen las fronteras y que se extremen los controles en los puestos aduaneros. Pero francamente, el espectáculo con mucho de cinematográfico, con el Ejército ‘sirviendo a la sociedad’, con el helicóptero presidencial, con el brindis por el éxito de la operación comando, tiene mucho de un montaje hollywoodense.
El canto popular uruguayo registra más de un tema cuyo eje central es el viejo oficio de contrabandista. El poeta nativista Osiris Rodríguez Castillo había compuesto –hace de esto aproximadamente cuarenta años– una canción que se hizo célebre, Camino de los quileros, en la que describe la dura vida de quienes se dedican al contrabando ‘hormiga’, ingresando mercadería brasileña en cantidades que no exceden unos pocos quilos. Se trata de gente muy humilde, excluida por el sistema, cuya transgresión a la ley tiene una incidencia muy menor en la economía nacional.
Siempre existió, también, el gran contrabando, el contrabando en gran escala, que no sigue el camino de los quileros sino más bien lo que podría llamarse la ‘carretera de los toneladeros’ que atraviesan los puestos de frontera ocultando la carga ilícita o –valiéndose de la humana venalidad– corrompiendo a algunos guardias aduaneros. Esta actividad ilícita, obviamente, causa más estragos que la de los quileros. Y nadie sensatamente puede sospechar que los modestos troncos aparatosamente destruidos fueran capaces de soportar el peso de los acoplados transportando cargas de voluminoso matute.
Pero hay un contrabando de alto vuelo, mucho más importante y pernicioso que los otros, que sortea los puestos aduaneros no en las fronteras sino en alguna oficina o estudio jurídico donde se fragua toda la documentación necesaria para que los bienes introducidos sin pagar los impuestos correspondientes estén perfectamente legalizados.
Es muy fácil –y muy efectista, por desgracia– llegar con topadoras y toda la infraestructura destructiva del Ministerio de Defensa, para proceder a desmontar dos puentecitos precarios solo utilizables por auténticos quileros o por gente del lugar que no se dedica al contrabando.
¿Era realmente necesario todo ese despliegue? ¿O habrá que pensar que el espectáculo forma parte de la diversión prometida por el primer mandatario?
Yerra el gobierno al elegir el objetivo. Y lo más triste es que lo sabe; es perfectamente consciente de que ninguno de los graves problemas que enfrenta el país y que se atribuyen al contrabando (un chivo expiatorio bien elegido, fuerza es reconocerlo) habrá de resolverse con acciones militares de este tipo.
Y en última instancia –si de combatir la desocupación y de mejorar la calidad de vida de los uruguayos se trata– ¿por qué no revisar los dogmas perversos que nos imponen desde los centros de poder económico mundial? El ingreso masivo de bienes de consumo como consecuencia de la preconizada liberalización del mercado ha tenido el mismo resultado que el ingreso ilegal de mercaderías. Con una diferencia, eso sí: los efectos sociales del libre mercado son aun más devastadores que los del contrabando.
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