Qué formación reciben los jóvenes
Retomando un poco lo que escribí la semana pasada acerca de la educación, la enseñanza y la pantalla del televisor o de la computadora, no me parece ocioso señalar que el embelesamiento con la tecnología televisiva e informática no se justifica en absoluto. Ojo, antes de seguir deseo dejar bien en claro que no soy un energúmeno que se pone en contra de los adelantos tecnológicos porque sí; creo que la computadora es una herramienta formidable que facilita enormemente el trabajo. Digo sí que la enseñanza audiovisual no es una novedad traída por la informática. Cuando en clase nos mostraban diapositivas o nos proyectaban una película o, simplemente, el profesor usaba láminas y mapas que colgaba del pizarrón, estábamos recibiendo enseñanza audiovisual sin televisión ni computadoras.
Lo reitero: no estoy en contra de la televisión, pero francamente, la televisión para ver el baile del caño, o para conmoverse con los culebrones, o para asistir por enésima vez a las tandas publicitarias que repiten los avisos hasta el hartazgo, no me parece demasiado educativa que digamos. Asimismo, me alarma ver que se considera la Internet como única y soberana fuente de información, palabra sacrosanta en la que se puede confiar con los ojos cerrados.
Por eso creo que el Plan Ceibal es plausible, pero no indispensable para mejorar la educación de nuestros niños. En mis épocas de estudiante no había televisión, o al menos no la había en todos los hogares. Tampoco había computadoras, ni Internet, ni nada de eso. No había videojuegos, y los ratos de ocio los llenábamos jugando al fútbol, a las cartas, o leyendo. También íbamos al cine, cuando el cine europeo tenía un lugar de relieve en la cartelera de las salas comerciales.
Hoy en día, los gurises dedican su tiempo libre a chatear en el cyber, a jugar con su teléfono móvil o a mirar los deplorables programas de televisión. Las horas que pasan bajo la influencia de toda esa parafernalia tecnológica triplican las que les exige el liceo. Durante todo ese tiempo están recibiendo contenidos que nada tienen que ver con lo que las autoridades de la educación pretenden, y en cierto modo están incorporando valores que tampoco son los que la sociedad mayoritariamente reputa como tales. En resumen, están «formándose» por fuera del sistema educativo; y si escribo «formándose» entre comillas, es porque en realidad se trata de una deformación.
Esa influencia perniciosa resulta infinitamente más poderosa que la que reciben de parte del sistema formal y de los sacrificados docentes encargados de la educación y la formación de los futuros ciudadanos. La conclusión, a todas luces evidente, es que el sistema educativo debe por lo menos duplicar el tiempo que los educandos están sometidos a la supervisión de los docentes. Pienso en actividades extracurriculares en las que se conjuguen armoniosamente aprendizaje y distracción, trabajo y ocio, de modo tal que los gurises descubran que el mundo es mucho más rico que la realidad virtual.
No soy ingenuo, y me consta que esta propuesta exige multiplicar la inversión en educación, algo que probablemente el Estado no esté en condiciones de llevar a cabo, ya que implicaría duplicar la carga horaria del personal docente y contar con una infraestructura locativa de la que se carece. Sin embargo, no veo alternativa si de veras nos proponemos dar una formación integral a los jóvenes.
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