La segura construcción derechista de la inseguridad
Resulta curiosa y paradójica la recurrente agitación de las derechas en torno al problema de la (in)seguridad, fundamentalmente porque sus supuestas «soluciones» no hacen sino agravarla a mediano y largo plazo.
Ya sean las más lejanas del primer mundo o nuestras más familiares vernáculas, no faltará jamás un eje propagandístico central que otorgue una atención prioritaria a la denuncia de la amenaza delictiva, de su geométrico crecimiento y la consecuente promoción de una escalada represiva en los más diversos planos: jurídico, operativo y de vigilancia y control ciudadano en general.
Sin embargo, sin ser menores las consecuencias de su posible puesta en práctica, la principal conquista de su inclusión en la agenda política se centra en el plano ideológico.
Allí se filtran y fermentan sus múltiples ramificaciones discriminatorias, sus impactos racistas en la construcción del imaginario de la otredad.
Allí se contruye la mutua sospecha y divisionismo de los ciudadanos, la aquiescencia ante la declinación o suspensión relativa del respeto a los derechos humanos y las libertades cívicas, tan intensificadas luego del avance de modelos salvajes de acumulación de capital que solemos designar como neoliberalismo en las tres últimas décadas.
Aunque se supongan fundadas las preocupaciones, la operación comportará una suerte de inmediatismo, de pretendido realismo y demanda de ejecutividad, que suspende o invisibiliza todo debate respecto a las posibles causas, y a la intervención política sobre ellas.
Hará del supuesto síntoma un punto de partida, un dato descontextualizado al que opondrá la aséptica autoridad del instrumento quirúrgico. El riesgo político no es alto. ¿Quién querría vivir en la amenaza y la inseguridad? Apelando a la ingenuidad, el rédito está asegurado.
Varias y complejas son las razones de esta apelación discursiva, pero la fundamental reside en el poco sofisticado -aunque generalizado más allá de sus fronteras- oportunismo pragmático.
A diferencia de una gran cantidad de indicadores más o menos objetivos y mensurables de la vida económica y social (que pueden ser percibidos en la experiencia cotidiana de los ciudadanos), la sensación de inseguridad se desarrolla a través de complejísimos mecanismos de construcción de la sensibilidad subjetiva, en la que intervienen desde los grandes medios de comunicación, hasta las propias trayectorias biográficas de los actores y el contexto histórico y de clase en el que se desenvuelven.
Esta sensación es prácticamente independiente, al menos en el corto plazo, del nivel objetivo de crecimiento o declinación de las curvas de lo que sociológicamente se llama victimización.
En efecto, a diferencia de un índice de precios al consumidor o de una tasa de desempleo que se constata en la experiencia inmediata, sea propia o cercana, las estadísticas poco influyen en la emergencia de una posición subjetiva paranoide.
Nota aparte merecerá la confiabilidad que puedan tener las estadísticas públicas.
La táctica será entonces revolver primero el río, sin mucha dificultad y con abundante auxilio televisivo, para luego aprontar la caña electoral.
La derecha argentina, decana en estas impregnaciones de las conciencias, ha sabido sacar jugosos beneficios a esta táctica, hasta llevarla a niveles de tragedia.
Ha logrado entronizar en el parlamento, gobernaciones o municipios a personajes cuya libertad y consecuente candidatura electoral solo estuvo garantizada por la vigencia de las leyes de impunidad (obediencia debida y punto final), como por ejemplo en los paradigmáticos casos de Bussi y Patti, entre otros cultores de un giulianismo fundado en la autoridad de antecedentes sobrados de muerte y tortura.
Sin embargo podría pensarse que se trata de fenómenos políticos excepcionalmente extremos y, aunque ominosos, superables. Algo de eso hubo.
Pero en condiciones más regulares, la estrategia ha seguido dando resultados. Tomemos la ciudad de Buenos Aires como ejemplo.
Hasta 1993 los índices criminológicos, principalmente los delitos contra la propiedad, al igual que las tasas de homicidios, se mantenían en niveles no sólo aceptables sino que competían favorablemente con los de las grandes ciudades más seguras de Europa, como Madrid, Roma o París.
Entre 1993 y 2002 los índices crecieron hasta triplicarse, como sostiene un estudio del argentino Gustavo Cucurella, especialista en sociología del delito.
Fue a partir de aquel año que el proyecto neoliberal de Menem se consolida de manera ampliada y produce la inmediata disparada de los guarismos, es decir de la fuente objetiva de «inseguridad».
Sin embargo no resultó afectado por ello.
En el pico máximo de registro de delitos, Menem arrasa electoralmente consiguiendo su reelección.
Recién de fines de 2002 los índices comienzan a declinar hasta la actualidad.
Sin embargo el año pasado, el actual jefe de Gobierno (intendente) Macri centró su campaña en la inseguridad demandando inclusive la constitución de una policía propia.
La declinación del nivel de casos (aunque sin alcanzar los índices de 1993 tomados como referencia) no neutralizó el efecto de la propaganda derechista llevando Macri a ganar el balotaje por el 60% de los votos.
Pero más paradojal aún resultará el hecho de que, aun en un nivel declinante, la diferenciación del índice de victimización varía de tres a uno, según se considere la zona de la ciudad en cuestión.
La Universidad de San Andrés realizó un relevamiento sobre 24.000 casos en 2007 encontrando que en la zona sur de la ciudad -en la que habitan los más desposeídos- el nivel de delitos se triplicaba respecto a la zona norte, de los más privilegiados.
No será en esta zona, más castigada por la violencia, sino en la opuesta, en la que Macri cosechó el mayor caudal electoral para su propuesta.
Son los que menos padecieron objetivamente amenazas delictivas quienes respondieron decisiva y masivamente a favor del discurso político de la (in)seguridad.
Si de estadísticas se trata, costará mucho explicar al resto de los latinoamericanos que el Uruguay se le presente inseguro a alguno de sus habitantes.
Si ya Buenos Aires puede parecer amenazante en comparación, la ciudad de México quintuplica las tasas porteñas mientras que Río de Janeiro las decuplica.
No podrá olvidarse en tierras orientales las décadas de dominio neoliberal y su posible incidencia en los niveles de delito.
Habrá que conceder cierta posible incerteza al respecto.
Pero la agitación massmediática sobre la inseguridad no sigue el propósito de revertir la desigualdad resultante de estas políticas, sino por el contrario, de preparar la campaña de la derecha nostálgica basada en la supuesta inseguridad. Eso es seguro.
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