La formación a través de la pantalla

Escrito por: Por Julio Guillot  - Periodista

Miércoles 06 de agosto de 2008 | 1:23
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No soy experto en educación. Mi único vínculo con ella radica en que años ha supe dar clases en Secundaria, pero mi previo y fugaz pasaje por el IPA no alcanzó a darme una formación sólida en cuestiones pedagógicas. Por tanto, voy a opinar con la humildad de un ciudadano común y no con la sapiencia de un especialista en la materia.

Aclarado este asunto previo, no me ofenderé si el lector resuelve prescindir de mi modesto aporte al debate sobre un asunto que nos desvela a todos; o al menos, debería.

En primer lugar, quiero decir sin vueltas que me alarma comprobar cómo ha caído el nivel de los docentes uruguayos. No quiero decir con esto que todos los profesores y maestros actuales carezcan de aptitudes o de formación; hablo de una media, y me consta que los hay de buen nivel. Digo que yo, que tuve de profesores a Alfredo Castellanos, a Guido Brunetto, a Néstor Campiglia, a Daniel Vidart, a Julio Dodera, a Juan Flo, me cuesta encontrar hoy en día un docente de la talla de los nombrados. Claro, usted dirá ­quizá con razón­ que soy un viejo pelotudo que cayó en el inevitable “todo tiempo pasado fue mejor”, esa horrorosa postura nostálgica que barre toda posibilidad de ver objetivamente la realidad. Y puede ser.

Claro está que había profesores mediocres, incluso algunos definitivamente burros, pero aquellos tigres te movían el piso y terminaban por ganarte. “Altri tempi”, sin duda, pero el hecho es que los botijas de Secundaria los respetaban y los admiraban, y se daban cuenta de que valía la pena escucharlos porque intuían que por allí estaba la verdadera cultura y que la cultura era un bien, un valor a incorporar, cosa que no ocurre ahora.

Reconozco que los docentes de hoy corren con una seria desventaja pues deben entablar una lucha desigual contra la banalización de la cultura, contra el predominio de los anti valores inculcados por otros medios que ni los docentes ni las autoridades de la educación pueden controlar y cuya influencia no pueden contrarrestar.

Lo más paradojal es que hoy en día se habla de recuperar el nivel cultural de antaño sin advertir que las pautas de comportamiento, los gustos musicales o cinematográficos, las modas, y todo lo que hoy se considera cultura nos es impuesto desde el Primer Mundo, nos llega primorosamente enlatado, pronto para ser consumido.

Hace cuatro siglos don Francisco de Quevedo había descubierto el enorme poder del dinero, descubrimiento que plasmó en su célebre letrilla satírica. Hoy, a este poderoso caballero le ha surgido un competidor: la pantalla; sea la del televisor, sea la del ordenador. Allí está la verdad. Lo que allí se dice o se muestra es la realidad, y el resto no existe. Desde ese rectángulo mágico se nos dice qué música hemos de oír, cómo vestirnos, con qué reírnos, qué opinar y cómo hablar. Si será poderosa la pantalla que es capaz de crear ídolos que todos tratarán de emular, y así como el dinero “quebranta cualquier fuero” y hace hermoso a quien lo tiene “aunque sea fiero”, la pantalla tiene la virtud de convertir en genio al mediocre, de hacer del guarango un hombre de respeto, de trocar lo falso en verdadero y viceversa.

No sé qué tiene previsto el proyecto de ley de educación respecto de esos otros elementos que también educan. Tampoco sé en qué medida puede el Estado intervenir para cambiar las cosas, pero lo que todos debemos tener presente es que los medios audiovisuales están ahí y que tienen tanto peso en la educación de la sociedad y en la formación de los jóvenes como el MEC y el Codicen.

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