Líber Seregni, General del Pueblo

Escrito por: Por Jorge Pasculli Periodista

Lunes 04 de agosto de 2008 | 3:10
  • Imprimir
  • Envíar por e-mail

Las calles estaban heladas, grises, aquella tarde en la que ni la multitud nos sacaba aquella sensación de soledad, de profunda pena por su muerte. Te encontrabas con un pueblo pero no daba más que para cruzar una mirada que alcanzaba para no tener que pronunciar ninguna palabra de más.

Mucha gente lloraba y no lo ocultaba.

Gente de todas las edades y de todas las condiciones. Pero muchísima muy humilde y de todos los partidos. Y muchos de ninguno. Pero estaban ahí, como un compromiso de honor. Así lo expresaban, con honor de estar allí.

Los gritos y los saludos de despedida encendían ecos por todos lados. Era como un contrapunto que no sabía cómo expresar tanta admiración, tanto cariño, por alguien que había dado todo, lo mejor de sí, por la dignidad y felicidad de su pueblo.

A medida que el cortejo con las banderas y la gente se acercaban por Yaguarón al Cementerio Central, el desconsuelo se mezclaba con desasosiego. Los aplausos se hacían cada vez más interminables. Pero terminaban y había que volver a empezar para tapar aquel silencio multitudinario que hacía doler el pecho.

Hasta que la muchedumbre trancó la explanada de acceso al Cementerio Central. Todos sabíamos que había que hacer lugar para que pasara el cortejo, pero nadie se quería mover. Como si quisiéramos que “aquel baño de humanidad”, como a él le gustaba decir, no terminara nunca. Como si en el fondo se lo quisiéramos robar un ratito más a la huesuda. Por un rato, como que el tiempo se detuvo. Como si la multitud hubiese desconectado los relojes y la explanada delante del cementerio se hubiera convertido en una especie de zona franca donde la muerte no tenía poder de llevarse a ese ser tan querido. Como que lo escondimos entre nosotros como si fuera un requerido por la dictadura al que debíamos salvar.

No se sabe quién fue pero en un momento se abrió un hueco entre la muchedumbre, sonaron las sirenas de todos los despertadores al mismo tiempo y el cortejo entró a moverse hacia la puerta y la gente a desesperarse por entrar tras él.

Ibamos todos en el aire, apretujados pero cuidándonos. La puerta no daba abasto. Por ese embudo entró sólo una minoría que pobló todo el cementerio en unos segundos. No se pudo escuchar casi nada. Tampoco, en ese momento, ninguna palabra podía mitigar nada.

De a racimos nos fuimos yendo, nadie quería quedar último, la tarde ya se iba a dormir.

Meses después fue el homenaje en La Meseta de Artigas, como él quería. Tenía por Artigas un profundo respeto y una enorme admiración. Era un estudioso de su vida, de su obra, de su pensamiento. Siempre que podía lo aplicaba y difundía. Fue el único honor que pidió. En cambio en el testamento que dejó nos hizo tremendamente ricos. Gracias al sacudón que generó en todos nosotros su muerte, el Frente Amplio despertó de una campaña electoral fría y anodina y se ganó por primera vez el gobierno.

Antes, y ya seriamente enfermo, se levantó de la cama para ir a votar en las elecciones internas, para seguir dando el ejemplo, para contagiarnos su entusiasmo y optimismo.

Como antes, cuando se despidió en el Paraninfo con un memorable canto a la vida, a la lucha, a la esperanza.

Como antes, cuando tuvo la grandeza de abandonar la Presidencia de su querido Frente cuando sintió que no tenía el respaldo de las fuerzas políticas.

Como antes, cuando salió de la cárcel con un enorme abrazo, con su sonrisa y su cariño de siempre, otra vez dándonos ánimo, convocando a lo mejor de nosotros para continuar la lucha por la recuperación de la democracia y la libertad de todos los presos políticos. Siempre mirando el aquí y ahora, pero también el horizonte, esa luz que nos alumbre al final del camino.

Como antes, en 1982, cuando defendió, atesoró y multiplicó la existencia misma del Frente Amplio, convocando a votar en blanco casi sin medio alguno de difusión, en las elecciones internas de los partidos impuestas por la dictadura que pensó que podía eliminarnos.

Además de un gran líder, un gran conductor, fue un ser de un gran humanidad. Fue, siempre, de una gran sensibilidad, solidario, comprometido, activo. Fue, siempre, un optimista, un entusiasta, un sentimental, un conmovido. Que dio enormes muestras de valor y coraje en momentos cruciales para el país. Y que fue un ejemplo de vida en los momentos cruciales que le tocó vivir a él: la cárcel, donde no dejó un día de hacer sus ejercicios, sus lecturas, sus dibujos y sus cartas. Ni un minuto estuvo fuera de lo que pasaba fuera. O ya en sus últimos días, haciendo bromas, tomando su vaso de vino, sellando la imprescindible unidad entre Tabaré y Danilo para que el Frente ganara las elecciones y luego hiciera un buen gobierno, como ha sucedido.

Así como él hizo con el Frente, cuidándolo, protegiéndolo, desde aquella gris y fría tarde en la explanada del Cementerio, hace cuatro años, nosotros se lo robamos a la muerte para atesorarlo para siempre en cada uno de nuestros corazones.

Como antes, su alma nos alumbra y sonríe cada vez que somos mejores ciudadanos.

  • Imprimir
  • Envíar por e-mail

OTRAS NOTICIAS EN LARED21

    Comentarios


    Domingo 12 de Febrero, 2012
    Montevideo, UY
    Despejado, 21 °C